domingo, 26 de diciembre de 2010

Flores en diciembre.

En  "El jardín de Bemi" cada mes Yolanda nos muestra lo que ocurre en su precioso jardín.


Y en su post "Está floreciendo", nos ha invitado a mostrarle lo que ocurre en los nuestros.


Mi jardín este invierno está un poco descuidado, entre mis ocupaciones de mamá y las trastadas de Truc, nuestro nuevo miembro de la familia.
Pero hoy Gabriel le ha dado un pequeño lavado de cara y me he animado a enseñarles un par de cositas.


El rosal "Botero", que a pesar del frío y de las heladas que estamos pasando, ha decidido sacar unos cuantos capullos.















Las Bergenias, lucecitas de invierno que ya empiezan a florecer.



Y esta crasa (que no sé cual es, me la regaló una buena amiga) y que también se prepara para explotar en rojo.


Y, esto es todo en mi jardín hasta dentro de un mes.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Los camellos



Era de noche y hacía frío.



Uy, no, que no, que no hacía frío, que hacía calor, que en esa parte del desierto nunca hace frío.


Vuelvo a empezar:


Era una cálida noche del desierto africano. En realidad no era una noche cualquiera, era La Noche. La Noche de Reyes.
Pues como iba diciendo, hacía calor y dejé la ventana abierta para refrescarme. De aquella noche no pasaba que los pillara.
Ya llevaba un par de añitos que me quedaba dormida y me perdía la llegada de los Reyes Magos. Y yo quería verlos, ver sus capas, ver a los pajes, y decirles que a ver si de una vez me dejaban lo que yo pedía y no lo que a ellos se les pasaba por la cabeza.
Así que me preparé con un poco de pan con queso que había cogido de la cocina, un vasito de leche y un libro, a aguantar toda la noche. Lo escondí todo debajo de la cama y me metí dentro, esperando a que mi madre pasara a darme las buenas noches.
Efectivamente, mamá vino, me deseó buenas noches, me dio un beso y me apagó la luz del cuarto. Me recomendó que no abriera la puerta, porque “A los Reyes Magos no les gusta que los molesten cuando trabajan, y si les interrumpes no volverán nunca más a verte”
“Les hemos dejado leche y galletas en la puerta, para los camellos"
Sí, claro, mamá, no me pienso mover…
Mis padres se fueron a acostar, pusieron la radio un ratito y después… Silencio.
Yo cogí mi libro, le di un mordisco a mi bocadillo de queso y me puse cómoda en la cama a leer.
El reloj del salón, que retumbaba por toda la casa, me estaba poniendo nerviosa, tic tac, tic tac, tic tac .
Entonces me pareció oír un ruido. Se me erizaron todos los pelitos del cuello y me enderecé en la cama para oir mejor (como si derecha se oyera mejor…)
Falsa alarma, era “Tigre” que volvía de sus correrías nocturnas y se acomodaba en su butaca.
El tic-tac me fue acompañando según pasaban las horas.
Las doce.
La una.
Las dos.
Ya me estaba empezando a quedar dormida, cuando oí otro ruido. Pero esta vez sonó en la calle. Una lucecita se movía por la acera de casa y unos cuchicheos en voz muy baja rompieron la hegemonía del tic-tac del reloj.
Rápidamente me acerqué a la puerta y puse la mano en el pomo.
Pero… ¿Y sí mi madre tenía razón? ¿Y si se enfadaban?
Con la mano pegada al pomo me quedé escuchando, pero un fuerte golpe seguido de una especie de gruñido me sobresaltó de tal manera que fui a parar directamente a la cama y metí la cabeza debajo de la almohada.
Después vinieron voces, luces que se veían a través del cristal de mi ventana, más gruñidos durante unos segundos que me parecieron horas, un portazo y… silencio.
Reconozco que a estas alturas se me había ido toda la valentía y estaba más bien asustada.
Me tapé la cabeza con la sábana, llegué como pude hasta la ventana, (no sin darme un buen porrazo con la silla), la cerré y me volví a meter en la cama, sin acabarme el bocadillo, ni la leche ni el libro.
No dormí nada. Pero nada de nada.
Y cuando mi madre vino a despertarme, salí corriendo de la cama gritando: ¡mamá, mamá, no te imaginas lo que pasó anoche!!!
Ella, sonriente, me contestó:
Pues claro, que vinieron los reyes y te han dejado un montón de regalos. No les habrás molestado, ¿no?.
En ese momento vi el sofá con toda una colección de vestiditos para mi Nancy y se me olvidó el miedo de las últimas cuatro horas metida debajo de la sábana. Me tiré en plancha a recogerlos, probarlos, guardarlos, volverlos a sacar…
La leche y las galletas, por supuesto que ya no estaban. Y mi madre me dijo un poco contrariada, que uno de los camellos debía de haber pisado el plato, porque se lo había encontrado roto .
Entonces me atreví a contarle que me había quedado despierta y lo había oído todo:
Los Reyes que llegaron a casa, el ruido de la puerta al abrirse y luego al cerrarse, los gruñidos de los camellos, las luces de las antorchas que tienen para no perderse, y hasta cuando el camello pisó el plato y lo rompió. Pero que me había dado miedo y me había escondido en la cama.


¿Saben? Incluso, si lo intento, aun puedo recordar el olor a camello que había en la casa aquella mañana luminosa de enero.




Feliz Navidad

sábado, 18 de diciembre de 2010

La última niña del Sáhara

Hoy les voy a traer algo que no he escrito yo, sino una persona de las que escriben de verdad.
Con escribir de verdad quiero decir estas personas que escriben todos los días, tanto si les apetece como si no, porque les va en ello las habichuelas, y encima lo hacen  siempre estupendamente y no se les nota si tenían dolor de cabeza, o estaban enfadados con su madre, o simplemente la inspiración ese día no quería venir.
No es que yo escriba de mentira... pero como sólo lo hago cuando me apetece... pues como que no es lo mismo, ¿no?

Bueno, que me enrollo, ahí va el artículo, que lo disfruten:


La última niña del Sáhara


Victoria Toledo pasó su infancia en la zona saharaui bajo dominio español y aún recuerda la noche de su evacuación





Victoria y su padre Tomás posan frente a la iglesia de La Inmaculada, en La Güera.

MAR FERRAGUT. PALMA. Antes de irse los soldados cogieron a todos los perros del pueblo y los mataron. Victoria oyó los disparos desde la orilla. Tenía ocho años y recuerda con claridad esa terrible madrugada de noviembre en la que su niñez cambió de color. Aquella noche fue evacuada de La Güera, el pueblo del Sáhara español en cuyas calles ella creció libre y feliz. Su familia aguantó mucho allí, pero tuvo que irse cuando España perdió definitivamente el control de la zona, a finales de 1975. Victoria no se acuerda casi nada de los meses posteriores a esa noche, excepto que cada día preguntaba: "¿Cuándo volveremos?". De los seis años que pasó en territorio saharaui no se olvidará "nunca".




Victoria Toledo nació en Canarias y lleva siete años viviendo aquí, junto a su pareja que es mallorquín. Mira con nostalgia las fotos de colores gastados de aquellos años 60 del Sáhara, donde también se llevaban los pantalones de campana, los estampados psicodélicos y las gafas de sol gigantes. Su padre era pescador y en 1967, perseguido por una fuerte crisis, se trasladó a Nuadibú, en Mauritania, a uno de los mayores puertos pesqueros de la zona. La madre de Victoria era maestra y en 1969 pidió el traslado al cuerpo de maestros del Sáhara. Y así fue como la familia Toledo Molina empezó a vivir en África.


Su madre junto a varias autoridades del pueblo.




"¿Por qué la gente va con máscara?". Eso le preguntó Victoria a su madre cuando desembarcaron en Nuadibú. Era muy pequeña, tenía poco más de dos años, y no entendía por qué la piel de aquellas gentes era más oscura. Al poco tiempo de vivir allí, ya ni se daba cuenta de que la piel de su amiga marroquí Jutta era diferente de la de su amiga española Sonia. "No encontraba nada raro, para mí era de lo más normal ir todos juntos a la escuela", razona.


Pasaron un año en este pueblo mauritano antes de trasladarse a La Güera, donde su madre se convirtió en la directora de la escuela y donde su padre acabó estableciéndose como un próspero consignatario. El pueblo tenía alrededor de 2.500 habitantes, la inmensa mayoría saharauis. Muchos eran nómadas y vivían en tiendas.

De 1º a 5º curso los niños de distintas edades y procedencias iban todos juntos a la misma clase. Recuerda que a los árabes les revisaban cada día las uñas y la cabeza, para ver si tenían piojos. A las cinco, los españoles se iban a catequesis. Los saharauis se quedaban para recibir clases sobre El Corán. Después de la formación religiosa y porque su madre se empeñó, Victoria iba a clases particulares de lengua árabe. "Y no puedo acordarme de nada", se lamenta. Cuando se volvían más mayores, la mayoría de españoles mandaban a sus hijos a Europa para seguir estudiando. A los saharauis les sacaban de la escuela cuando ya sabían leer y escribir.



Victoria, en el lado izquierdo con gafas, y sus compañeros de colegio.

"Lo que más me gustaba era poder salir a la calle y hacer lo que me diera la gana", cuenta, "las puertas estaban siempre abiertas y casi no había ni un coche, ¡y había un cine!". El cine, eso sí, solo funcionaba por la tarde, durante aquellas cinco horas en que encendían el generador del pueblo. Porque en La Güera no había electricidad y en las casas no había neveras. En 1975, el último año en que el Sáhara Occidental estuvo bajo dominio español, el Gobierno "puso electricidad durante todo el día y hubo muchas mejoras". Pero la electricidad no servía para ahuyentar los rumores de combates que se oían de territorios no tan lejanos. No evitó que llegara la inquietud, los nervios. El miedo.

"Mi madre pedía información al Ministerio y nos decían ´no os preocupéis, no pasa nada´". En teoría, ´no pasaba nada´, pero a mediados del 75 los españoles empezaron a irse. Victoria fue la última niña española que quedó. La última niña de La Güera. Las primeras en marcharse fueron las mujeres, pero a su madre no la dejaron trasladarse por ser la directora del colegio. Por aquel entonces, llegó un destacamento con 300 soldados para proteger a los que aún estaban allí. Se ordenó toque de queda y a partir de las seis de la tarde La Güera ya parecía un lugar deshabitado, un pueblo fantasma.


"Aquellos meses no me gustaron", narra: "Mis amigos se fueron, rompieron la puerta de la iglesia y de la escuela y había manifestaciones por las calles con gente gritando ´¡españoles fuera!´". En aquellas manifestaciones había personas que antes habían sido amigos de su familia. Una noche llegó el teniente al mando del destacamento a su casa. Su padre le mandó que se encerrara en su cuarto. El teniente fue claro: "Nosotros nos vamos esta noche". Los Molina Toledo, evidentemente, también se fueron, así como los pocos compatriotas españoles que aún vivían allí. Todos comenzaron a hacer cajas rápidamente. Salvaron libros, ropa, las fotos, alguna documentación importante, algunos juguetes... Pero fue más lo que se quedó que lo que se pudieron llevar. Los llevaron en coche a la playa. Fue entonces cuando oyó los disparos, cuando mataron a los perros, cuando su infancia cambió.


Imagen de 2006 del pueblo de La Güera, destrozado y abandonado.
"Los soldados eran críos, tenían 18 años, yo oí como lloraban por la noche, tenían miedo", relata. La Marcha Verde que inició el rey marroquí Hassan II a principios de noviembre de aquel año fue supuestamente una medida de presión pacífica para recuperar el territorio colonizado. Pero hubo bombardeos. Y hubo víctimas. "Sé de compañeros de clase míos que murieron", se lamenta Victoria, quien ha conocido en Mallorca a otras personas que pasaron por lo mismo que ella y que, más de 30 años más tarde, no quieren hablar del tema porque aún no han superado el trauma.


Victoria, con gafas y gorra, junto a los soldados que les evacuaron.
La noche en que dejaron África fue larga. Los soldados aprovecharon la oscuridad por seguridad. Pasadas las doce y ya en alta mar, tuvieron que trasladarse al buque Ciudad de Cádiz. Recuerda como alguien la levantó y la tiró por la borda. Su padre la recogió al otro lado. En ese barco, entre soldados y civiles, viajaban apiñadas más de 350 personas. Llegaron a Las Palmas, rodeados de fragatas militares, al día siguiente. Se acuerda de cómo bajó las escaleras del barco. Y de los siguientes cinco meses no recuerda nada. Los bloqueó, no se sabe si por el miedo vivido o por la nostalgia. Le contaron que su rutina diaria durante muchas semanas consistió en ir a la explanada del puerto a recuperar sus cosas de las miles y miles de cajas que se desembarcaron aquella mañana.


"Franco se moría, parecía que España estaba al borde de una guerra civil, Hassan II lanzó el pulso de La Marcha Verde, hubo guerras y escaramuzas, los saharauis se aliaron con la Argelia comunista y se pusieron a Estados Unidos en contra... todo el mundo lo hizo fatal". Y ellos, los Molina Toledo, que "ninguna culpa" tenían, tuvieron que "volver a empezar, otra vez de cero". Todavía pudieron refugiarse en casa de su abuela, pero otros repatriados no tenían donde caerse muertos. Tomás, el padre de Victoria, no pudo recuperar nada del negocio que había conseguido levantar de la nada con esfuerzo. El Gobierno español le dio 200.000 pesetas de indemnización. Pidió más, por todo lo que había tenido que dejar por la "descolonización forzosa", pero nunca se lo concedieron alegando que necesitaban justificantes de la compra del barco, el local, el transmisor de radio... Alegó que no habían tenido tiempo de coger toda esa documentación, pero el argumento no le sirvió de nada. Intentó volver a La Güera para recuperar cosas. Pero fue imposible.


Victoria tampoco ha vuelto desde entonces. Y se muere de ganas de ir, aunque el pueblo como tal ya no exista porque "todo quedó bajo la arena". El año pasado Victoria, que trabaja como veterinaria para el Govern, estuvo a punto de ir pero se quedó embarazada. Ahora tendrá que esperar a que la pequeña Nuria crezca un poco para poder enseñarle las calles por las que su madre fue tan feliz en aquel final de los años 60, ajena a fronteras, colonialismos, guerras de poder y soberanías. Espera poder volver pronto a ese trozo de África que un día fue español para buscar su antigua casa, la casa de la última niña española del Sáhara.


Imagen actual de Victoria en la playa de es Trenc, con Nuria.


El artículo original, aquí: http://www.diariodemallorca.es/mallorca/2010/08/01/ultima-nina-sahara/591236.html


viernes, 26 de noviembre de 2010

Ayer le vi

Ayer le vi.



Me crucé con lo que pudo haber sido y no fue.


Ayer el pasado irrumpió en mi presente, y por unos segundos pude vislumbrar el que estaba destinado a ser mi futuro.


Pasó a mi lado y el mundo pareció detenerse un instante. Un instante en el que volvieron el miedo y la ansiedad a adueñarse del aire.


Durante unos pocos pasos volví a escuchar voces ya olvidadas, reproches escondidos en los pliegues del recuerdo.


Pero aquellas voces, aquellos reproches, iban destinadas a otra persona que no era yo, y al pasar a mi lado me miró sin verme y siguieron su camino...


Y un sonido mucho más familiar me sacó de mi ensoñación. Cariño, ¿te pasa algo?, te has quedado blanca.


Nada, que creí haber visto a alguien que conocí... ¿vamos a cenar? Invito yo.









lunes, 22 de noviembre de 2010

Truc

Pues... érase una vez que se era que había un perrito atado a un tractor.


Vivía él tranquilamente viendo pasar la vida a dos metros de distancia, vacas, tractores, cosechadoras, todo a la distancia de su cadena.
Y un día... alguien vino y lo soltó:
Primero lo metieron en un coche y le dieron un paseito, y después en una casa. que como era su primera vez (de las dos cosas), le pareció la mayor aventura del mundo.
Y cuando llegó a la casa, esto fue lo que pasó:


Vaya por Dios, a que sitio más raro que me han traido

Uys, que bicho más grande, más peludo y más negro!!!

Y ahora ¿porqué me bañan?, si yo estoy limpísimo.

Habrá que reconocer el terreno, que no sé en donde me han metido.


¿Y dentro de la casa no puedo entrar?

Bueno, parece que me voy a tener que quedar por aquí, en este rinconcito da el sol.


Que silencio.....


Señoras y señores, les presento a TRUC, nuestro nuevo inquilino.

El Truc (truco) es un juego de cartas, de engaños, envites, señas secretas, faroles y apuestas. Lo heredamos de los Arabes, y en estas islas está muy arraigado.
Este pobre no es que sea un mentiroso ni un farolero... pero digamos que le han vuelto a repartir las cartas de su partida... y ha hecho Truc.

 

sábado, 13 de noviembre de 2010

El efecto mariposa


A ver si soy coherente.


A veces pasan cosas normales y corrientes que no tienen la mayor importancia. Simplemente pasan, y la vida sigue, aunque no sigue igual que antes de que pasaran.


Pero luego pasa otra cosa y tampoco te das cuenta, y la vida sigue, quizá un poco distinta.


Y, a veces, algo te hace darte cuenta de que puede que esas pequeñas cosas estén ligadas, que tengan relación unas con otras y que todas juntas forman parte del transcurrir de la vida.


¿ No había algo así como el “efecto mariposa”?: el aleteo de una mariposa puede ser la causa de un huracán en la otra parte del mundo.


Hace 20 años, un día de trabajo, volví a mi casa con un cachorrito. Ese cachorrito se convirtió en mi compañero durante catorce años y se llamaba Tarzán.


También hace 20 años, un día desapareció mi gatita, me la robaron.


Pues una semana después de esta desaparición, abandonaron en mi sala de espera otra gatita exactamente igual. Si yo hubiera tenido aún a Nina, Perlita no se habría quedado conmigo y seguramente habría acabado en una protectora, o algo peor.


Pero Nina no estaba y Perlita lleva conmigo esos 20 años.


Hace cinco años Tarzán nos dejó.


Y una semana después apareció un gato flaco y sucio en mi jardín.


A Tarzán no le gustaban los gatos, así que su desaparición fue la causa de que Brandy se quedara con nosotros a vivir.


Hace un mes que desapareció Brandy, y esta semana me he encontrado en una finca un perrito atado a un tractor. Lleva allí varios meses, por lo visto sale corriendo a la carretera y ya ha estado varias veces a punto de ser atropellado u ocasionar un accidente.


Estoy pensando en quedármelo. Si estuviera todavía Brandy ni me lo plantearía, es un perrito de caza y no se lleva bien con los gatos.


Si al final me lo quedo, la vida de este perrito cambiará porque yo hace 20 años cogí un pequeño cachorrito en una finca… curioso, ¿verdad?.
Y la mía, porque tendré que educarlo, y sacarlo, y con lo mal que voy de tiempo, seguro que mi vida se acelera un poco.


Algún día de estos les contaré que mi nena, que por cierto mañana cumple un añito,  está en este mundo porque mi mamá tenía Alzheimer…

Ahora que me releo, creo que no he sido muy coherente.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Gatos callejeros



Era de noche y cuando mi dueña se fue a dormir, como todas las noches, me quedé dueña y señora de la casa.
Estaba algo molesta, porque me había puesto Mousse de atún para cenar, y yo prefiero el de salmón. Así lo hice saber, gruñendo despectivamente cuando lo vi en el comedero. Como no me hizo caso, decidí castigarla con mi ignorancia, y me fui al patio, a ver la luna.
¿Saben?, por las noches es cuando ocurren las cosas más interesantes.
Así que aquella noche decidí salir a dar un paseo por la calle.
Solo se oían las ruedas de los coches, y los farfullos de algún borracho. Entré en un callejón oscuro y silencioso, donde no se oía ni el vuelo de una mosca.
Vi una luz que salía de una puerta. Al acercarme pude comprobar como salían ruidos, bastante prometedores y, como soy curiosa, pues entré, a ver que encontraba.
Entré en un lugar de ensueño. Olores deliciosos llegaban hasta mi hocico.
Era un patio, muy amplio, con varias puertas, que se abrían y cerraban.
Gente corriendo de un lado para otro, llevando y trayendo grandes bandejas llenas de deliciosos manjares. Iban muy deprisa, sin pararse ni un segundo, y (milagrosamente) sin tropezar entre sí.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, descubrí algunas detalles que se me habían escapado hasta ese momento.
No era la única que observaba el espectáculo, allí había mucha concurrencia. Docenas de ojos brillantes se escondían en la oscuridad, vigilando las idas y venidas de las bandejas.
Entre las cajas del patio descubrí a toda una familia, una mamá con sus cinco hijitos. Los gatitos estaban algo creciditos, y a la mamá gata le costaba un poco mantenerlos tranquilos y escondidos. Querían jugar entre las tablas y los cajones, persiguiéndose en la oscuridad, jugando con sus largas colas. Pero mamá tenía las cosas muy claras. No habían comido en todo el día, y tenía mucha hambre. La leche se le estaba retirando ya, y dentro de poco tendría que despedirse de sus pequeños para siempre, y mandarlos a recorrer mundo.
Pero primero había que enseñarles a buscarse la vida.
Y en ello estaba.
Más al fondo se veía el reflejo de varios pares de ojillos inquietos. Observaban desde un resquicio de la pared. Me acerqué a olisquear un poquito.Uff, olía a ratón, que asco. Nunca me gustaron esos bichos, tan pequeños, siempre corriendo. Se meten por todos lados, se comen todo lo que pillan, rompen cosas, buaj. Cuando me acerqué, desaparecieron.
Mejor. No se como hay gatos que los persiguen y se los comen, con lo buena que está la comida que me da mi dueña, mmmmmm.
En el centro dormitaba un enorme perro, no sabría decir de que raza. Estaba cómodamente echado al lado de una desvencijada caseta, con sus ojillos amarillos entrecerrados, mirando con aire soñoliento el frénetico ir y venir de platos.
Parecía no estar interesado por todo lo que allí ocurría, como si nada fuera con él. Pero, al menor movimiento de alguno de los gatitos, una de sus orejas se elevó, casi imperceptiblemente, por lo que decidí no acercarme mucho, por si acaso. En casa vive un perro, y nos llevamos bien, pero ya he comprobado que no todos son iguales...
Pasado un buen rato en el que nada parecía cambiar, y cuando ya me iba a volver a casa, aburrida, noté que el trasiego de platos decrecía sensiblemente.
Ya no salían platos llenos de comida, y dejaron de pasar los camareros. Pensé que el espectáculo iba a terminar, y nos iríamos todos a casa, pero me equivoqué.
Fue entonces cuando empezó el verdadero espectáculo.
De repente el perro pareció despertar de su letargo. Empezó a hacer todas esas tonterías que hacen los perros, como dar saltitos, aullar, mover la cola o dar la pata.
Que animal más raro, si nadie lo estaba mirando, ¿¿porqué daba la pata al aire??. Pronto lo comprendí, cuando alguien salió con un cubo lleno de......¡¡comida!!
Todos aquellos ojos no estaban viendo el espectáculo de humanos corriendo, como creí en un primer momento, solamente estaban esperando por la comida.
Parecía ser una mezcla de muchas cosas, carnes, verduras, pan, cáscaras de frutas, incluso algunos papeles, pero a aquel perro le pareció dar igual, cuando le llenaron el comedero, se lanzó como un loco a devorar todo aquello.
Los gatitos, de los que ya me había olvidado, hacía ya rato que habían dejado sus juegos, y estaban muy interesados en el comedero del perro. Pero aquel enorme animal parecía no tener ganas de compartir el festín, y gruñía sordamente, cada vez que alguno se acercaba más de lo que él consideraba aceptable. En un momento acabó con toda la comida, y se volvió a echar, con un resoplido.
Parecía estar dormido, y uno de los gatitos, uno negro, con cara de valiente, se acercó sigilosamente hasta el comedero, y empezó a lamer los bordes. Fue todo tan rápido, que lo siguiente que pude ver fue una masa de pelo negro, que ,renqueante, se escondía bajo una caja, arrastrando una pata, mientras el resto de la familia se acercaba a comprobar los daños.
Entonces alguien apareció con otro cubo lleno de comida. Y, siseando suavemente, lo vació en un rincón del patio, donde no llegaba la cadena del perro. De todas formas, aquel perrazo ya estaba harto, y no creo que se hubiera molestado en acercarse, a menos que se le volvieran a reir en el hocico.
Entonces sí que salieron todos los gatitos disparados, todos menos el negro, que a duras penas podía moverse. Llegaron hasta la comida, y empezaron a devorarla, mientras la madre los miraba. Apareció un enorme gato, también negro, y se aproximó a la comida, como si fuera el dueño de aquello (¿pero no era el perro??), pero mamá gata no se lo permitió, y, aunque el macho la doblaba en tamaño, consiguió mantenerlo alejado el tiempo suficiente para que sus cachorros comieran, incluso el cojito.
Luego le tocó el turno a ella, que compartió mesa con el macho, aunque no de muy buena gana, pues estuvieron gruñéndose y lanzándose zarpazos durante todo el tiempo.
Que curioso, yo diría que , por lo menos tres de las crías eran idénticas a aquel macho, podría incluso ser su padre, pero eso no parecía tener mucha importancia a la hora de la comida.
Cuando terminaron de comer, el gato se marchó de un gran salto, y desapareció en los tejados.
Mamá gata salió por la puerta, con cuatro de sus gatitos siguiéndola en ordenada fila, y el quinto arrastrando una pata trasera, a una considerable distancia.
Para aquel momento, ya habían apagado las luces del patio, y no quedaba ninguna persona en el local. Me acerque a olisquear los restos de la comida, pero, para ser sinceros, no me pareció nada apetitoso, uff.
Entonces, volvieron a aparecer aquellos ojillos brillantes, saliendo de sus escondites. Ratones, ¡!que asco¡¡, decidí que ya era suficiente por aquella noche, y también salí por la puerta.
Cuando entré en casa, me di cuenta de que estaba muerta de hambre, y me fui directa a mi comedero. Siempre tenía pienso, y picoteé un poquito. También quedaba el mousse de atún que me habían puesto para cenar. No me lo había comido, pero ahora me pareció delicioso, y lo devoré con fruición.
Luego me subí al mueble y bebí un poco de agua. No sé si lo he comentado, pero mi dueña me puso el bebedero en alto. Cuando estaba en el suelo, dejé de usarlo, porque no me gusta compartirlo con el perro, que lo llena todo de babas. Ahora tengo siempre agua fresca.
Por un momento pensé.. no vi beber a los gatitos, ¿También tendrán el bebedero en alto?.
Me acurruqué en la cama, con mi dueña, y me quedé dormida pensando en la buena suerte que tenemos los gatos domésticos. Mientras haya humanos que cuiden de nosotros, todo irá bien. Los humanos no tienen que buscarse la comida, ni luchar por ella, simplemente abren la nevera, y ahí está.
Pero..
...¿Todos los humanos son así?
¿habrá también mamás enseñando a sus niños a sobrevivir?
¿Tendrán que luchar por la comida, como aquellos gatos callejeros?
y...sobre todo... si los humanos cuidan de nosotros,
...¿Quién cuida de los humanos?

domingo, 31 de octubre de 2010

El cambio de horario




El cambio de horario, ¿A quién se le ocurriría semejante barbaridad?
Si usan los buscadores (cosa que en este momento no tengo la más mínima intención de hacer), seguro que encuentran cientos de entradas sobre la crisis del petróleo, la falta de combustible y las soluciones que se les ocurrieron a las cabezas pensantes para luchar contra el problema.
¡Un problema de los años 70!
¿Pero es que nadie se ha dado cuenta de que hace ya siglos de eso? Bueno, siglos no, pero sí que fue el siglo pasado.
Anoche cambiaron la hora y este domingo tiene una hora más.
Guay, ¿Verdad?, una horita más para dormir.
Pues no, de guay nada.
Está muy bien eso de tener una horita más para dormir… pero a ver quien se lo explica a mi perra, y a mi gata, y especialmente a mi hija.
A las siete de esta mañana (que eran las seis) ya tenía a toda la tropa en planta pidiendo el desayuno. Y no hubo manera de explicarles que hoy era domingo, que no hace falta levantarse a las siete, y que además no eran las siete sino las seis.
Me tocó abrirle a la gata, ponerle el pienso, salir al patio, darle el pan a la perra y prepararle el biberón a la nena. Que tampoco es ninguna tragedia, si no fuera porque detrás del biberón viene vestirse y salir para la guardería y allí que la tuve a ella pidiendo explicaciones alrededor de la cama mientras yo intentaba volver a coger el sueño.
Total, nada, que me tuve que levantar a las ocho que eran las siete.
Ningún problema, ¿verdad?, así aprovecho más el tiempo.
¡Pues no! Hoy hizo un día de perros y no pude salir.
Y claro, toda la mañana entreteniendo a mi pequeña fiera que se aburría como una ostra… Y que me pidió la comida a las once (que eran las doce, o al revés, porque ya no me aclaro). Y yo haciendo tiempo para que no comiera tan temprano. Nada de nada, a las doce ya había terminado hasta el postre.
Y en cuanto comió, a dar la lata para ir a dormir siesta.
Claro, lo de la siesta es genial, porque así puedes dedicarte a hacer otras cosas mientras la fiera duerme y no trastea por la casa. Pero claro, eso cuando se duerme a su hora, que hoy a las dos (que eran las tres) ya estaba otra vez en pie de guerra, y yo no había ni terminado de comer.
Sobremesa lluviosa, sin poder salir de casa y tirada por los suelos jugando al escondite.
Por consiguiente (no consigo recordar quien decía eso… pero me suena mucho…), en mitad del café empezó a pedir la cena.
Aquí ya me puse dura, que si no, mañana volvemos a tener la misma historia. Se cena a las ocho (que son las ¿nueve?) y hasta las ocho nada de nada.
¿Puede alguien, por favor, venir y explicarle que todavía son las siete y media y que si cena ahora, me va a despertar mañana a las seis? y mañana es fiesta…

Lo que yo decía, que esto del cambio de hora es una porquería.
Y de ahorrar, nada de nada, que lo que ahorramos en luz, se me va a ir tranquilizantes.
Como pille yo al jerifalte que ha dado la orden, se la empaqueto por correo certificado hasta el próximo cambio de hora
Ufs.
PD. Sí, ya sé que hoy tocaba escribir sobre Halloween... pero es que a mí me quitan horas de sueño y ríanse ustedes de Fredy Kruegger...

jueves, 28 de octubre de 2010

Pues aquí estamos, con los cubos de pintura, las baldosas nuevas, los cristales de las ventanas...
Y hasta hemos cambiado el cuadro de la entrada.
La mirada de Perlita me había acompañado desde el amanecer de mis aventuras "internéticas"
Suya fue la primera historia que escribí.
Suyo es el nombre que adopté.
Su imagen ha sido mi avatar durante nueve años.
No, Perlita no ha desaparecido. Sus veinte añitos me siguen acompañando, ahora mismo está luchando por sentarse sobre el teclado.
¿Recuerdan mi escrito "Azul"?. Ella lo inspiró cuando sus hermosos ojos azules empeñaron a teñirse de negro.
Ahora ya no le queda nada de su azul, la oscuridad y el silencio la rodean.
Pero ciega y sorda, me sigue acompañando, aunque a veces se me olvida que no debo cambiar los muebles de sitio y la pobre me llama desde algún rincón de la casa en el que se ha despistado.
Perlita se ha ganado una buena jubilación para el tiempo que le pueda quedar de vida.

A partir de ahora, mi mirada será la mirada de Brandy.
Brandy también fue presentado en sociedad en su día. ¿Recuerdan? Se trataba de "Miau" .

Brandy apareció un buen día en mi casa, tomó posesión del jardín y allí se quedó.
Cuando nos mudamos al pueblo, se vino con nosotros y en los últimos dos años su vida de ha repartido por los corrales de las casas de mi manzana.
Brandy desapareció hace un mes. Un medio día no estaba en el corral y ya nunca más lo vi.
Estos cinco años que ha vivido con nosotros ha sido un gato simpático, cariñoso, tragón y algo sinvergüenza. Iba y venía, entraba y salía a su antojo, no le pusimos puertas ni barreras.
Y me gustaría pensar que ha sido un gato feliz.

Por eso, y después de meditarlo, creo que Brandy es el mejor símbolo de mi nueva etapa. Quiero ser feliz y ver la vida con la frescura, la espontaneidad y la alegría que tenía mi gato...

Sirva este primer mensaje como un homenaje a la alegría de vivir.

Ah, y por si alguien se lo pregunta... No tengo la más minima intención de cambiar de nick... Brandy suena a alcohol...

martes, 26 de octubre de 2010

Estamos de reformas




Pues sí, estamos de reformas.

¿Alguna vez les ha dado por reformar una casa antigua?

Ya saben, una casa de esas que tiene sus años, su historia, su "sabor". La tenías ahí, solitaria, un poco dejada de lado. De vez en cuando ibas a dar una vuelta, abrías las ventanas, ponías cebo para las ratas, y volvías a cerrar la puerta detrás de tí.

Y un día decides que la quieres volver a utilizar, pero huele a humedad, a cerrado, y te apetece darle una manita de pintura, cambiar los muebles, las cortinas.


Pues en eso estamos, vamos a volver a esta nuestra casa, pero necesita algunos "arreglillos" para volver a ser acogedora.


De momento no se me ocurre nada que decir... pero todo a su tiempo.


Nos iremos viendo.


jueves, 15 de abril de 2010

¿Por qué?

Si, la pregunta es : ¿Por qué?

¿Por qué no me apetece escribir en mi blog, cuando antes era fundamental?

¿Por qué ya no se me ocurren historias, cuando hubo épocas en que se me salían de la cabeza y me hacían dejar lo que estaba haciendo para apuntarlas?


Al principio fue porque estaba muy cansada. La nena me tenía absorbida las 24 horas del día, entre darle de mamar cada dos horas, pañales, intentar dormir yo, y esas cosas que se te caen encima cuando eres madre.


A eso se le añadió el agobio, una inoportuna lesión en la cadera que me tuvo el primer mes sin poder caminar ni moverme, y las dichosas hormonas que te hacen la puñeta sin que nadie las invite.


Pero ¿luego?

La nena se porta muy bien, no da ningún problema, dormimos nueve horas por las noches y yo no trabajo. Debería tener la cabeza llena de cosas que contar...

Pero no es así, en realidad no se me ocurre nada que decir.

¿Será que mi imaginación se quedó en la sala de partos? ¿que tener un hijo gasta todas las reservas?


Es curioso, llevo varias semanas intentando escribir algo, poner alguna foto, y el caso es que no me apetece.


Mi pobre guitarra está aburrida en un rincón, y hasta los álbumes de fotos esperan que los organice.


Todo lo que tiene que ver con creatividad está apagado.


Espero que se deba solamente a mi nuevo oficio de "mamá de Nuria", y que cuando vuelva a trabajar y a la cuasi normalidad (normalidad creo que ahora tendrá otro significado al que tenía antes), vuelva eso que se me ha perdido por el camino, y que echo de menos.


En fin , sólo quería dar una vuelta por aquí, quitar el polvo del pasillo y recordar que esta también es mi casa.


Aquí dejo una foto de mi nena... la más que probable causante de esta "apatía creativa"