jueves, 22 de diciembre de 2011

El árbol pintado (reedición)



Este año, con mi nena empezando a vivir la navidad (las dos anteriores era demasiado pequeña) he recordado mis navidades de niña. Eran mágicas, especiales...
Hace un par de años que escribí este cuento. Trata de unas navidades especiales...


EL ÁRBOL PINTADO



Lo cuento como lo recuerdo.
Cuando era pequeña, los Reyes Magos venían puntualmente cada 6 de enero a mi casa, y me dejaban algunas cositas que mi madre se aseguraba de puntualizar:

- Esto es de parte de tu abuela, aquello de tu otra abuela, lo de más allá te lo encargué yo… -

En mi pequeño pueblo éramos muy pocos niños europeos, quizá diez o doce, así que los Reyes Magos tenían más bien poco trabajo.
Un año llegó a vivir una niña, hija del médico. Tenía una extraña enfermedad en la sangre, no coagulaba bien y una pequeña herida la podía matar. Nunca salía de su casa ni para ir a la escuela. Como éramos sólo tres niñas de mi edad, nos llevaban a su casa a hacerle compañía, y jugábamos sentaditas en una mesa sin hacernos daño.

Esta niña tenía una bonita casa y me gustaba mucho ir. Disfrutaba de una habitación llena de juguetes y un armario lleno de ropa lindísima.
La primera navidad que pasó en nuestro pueblo fuimos a visitarla y nos enseñó orgullosa una extravagancia: un árbol de navidad, un hermoso abeto natural adornado con bolitas, espumillón y luces parpadeantes, rodeado de cajitas envueltas en papel de regalo y lacitos de colores.
Aquello era nuevo, una costumbre extranjera que ninguna conocíamos, y nos dejó extasiadas.
Claro que cuando llegué a casa empecé con mi cantinela:
- Natalia tiene un árbol de navidad…-
- Papá, yo también quiero uno, por favor…-
Imagínense: encontrar un árbol de navidad en mitad del desierto del Sáhara… una extravagancia, por demás cara…

Bueno, no es porqué yo lo diga, pero era una niña muy comprensiva, y después de dar un poco de lata a mi pobre padre, olvidé el árbol de mi amiguita y me dediqué a vigilar mi “niño Jesús”, que colocado en la mesita del salón, era el lugar donde los Reyes Magos me dejaban mis regalos cada 6 de enero.

Al año siguiente, como siempre llegó la navidad y sacamos nuestro niñito Jesús, que dormía en su cajita. Mi madre y yo lo colocamos en la mesita del salón y empezamos la cuenta atrás hasta el día de Reyes.

Pero mi padre nos tenía una sorpresa. Cuando ya estaba la casa preciosa con sus lacitos y guirnaldas, me hizo cerrar los ojos y salió de la habitación.
Cuando los abrí, un hermoso árbol de navidad estaba en medio del salón.
No era como el de mi amiga. Este tenía un tronco liso y verde brillante, y en vez de hojas tenía sus ramitas envueltas de tiras de rafia de colores. Estaba adornado con bolitas blancas, rojas, azules y amarillas, y tenía pequeñas cajitas colgando de las ramas más grandes.
Aquel árbol era el más bonito del mundo, y mi padre se llevó el abrazo más grande del universo. ¡Me había traído mi árbol!

Me fui corriendo a casa de mi amiga, a contárselo.

Le dije que mi árbol era tan bonito, que mi padre era el mejor padre del mundo, y que ese año a mí también me dejarían regalos el 25 de diciembre, como a ella.
Su árbol era todavía más grande que el del año anterior, y tenía todavía más luces y adornos.
Pero este año yo también tenía el mío.
Fueron unas navidades estupendas. Yo le contaba cosas de la escuela, y de los juegos de la calle, y ella me dejaba jugar con sus muñecas, sus cocinitas y sus peluches, y me dejaba probarme aquella ropa tan linda, que no se le llegaba a estropear nunca de tan poco que la usaba.

El día de Navidad, como el año anterior, fuimos las amiguitas a su casa a ver los regalos y nos encontramos con una sorpresa: estaba vestida para salir a la calle. Su abuelita había venido a pasar las navidades con ellos y la iba a sacar de paseo, por primera vez en meses.
Con mucho cuidado para que no se dañara, salimos todas a la calle y fuimos de casa en casa viendo los regalos. A mí me tocó ser la última.

Cuando llegamos a casa, mi amiga, su abuela, las otras niñas y yo, fui corriendo a enseñarles mi árbol y mis regalos.
Y entonces mi amiga se volvió a su abuela y dijo:
- Tata, ¿ese árbol no es el que papá tiró a la basura porque se le cayeron todas las hojas y murió? Parece el mismo pero está pintado de verde-
Y, entonces, la abuela, agachándose para que mi madre no la oyera, le dijo:
- Cariño, los pobres no pueden comprar árboles, por eso tu papá se lo dio al papá de tu amiga. -

Y en aquel momento mi precioso árbol se convirtió en lo que realmente era: un abeto muerto, pintado de verde y forrado con papel.

Aquella noche lloré mucho.
Aquella señora estúpida había dicho que éramos pobres.
Yo no era pobre, los pobres no tienen comida y yo tenía comida.
Pero mi árbol era un árbol muerto y feo, ya no lo quería.
Al día siguiente le dije a mi mamá que tirara aquel árbol a la basura, que era un árbol de pobres.
Y mi mamá me dijo que eso no era verdad. Que los pobres eran ellos, porque aquella niña estaba enferma, la pobre no podía jugar, ni ir a la escuela, ni tener amiguitos, y la consolaban con juguetes y dinero.
Nosotros éramos ricos porque teníamos muchos amigos y gente que nos quería. Y yo era la niña más rica del mundo, porque tenía un papá que podía resucitar a un abeto muerto y convertirlo en un precioso árbol de navidad.

No recuerdo el resto. Mi amiga se fue con su abuela y por alguna razón nunca más me volvieron a llevar a su casa.
Después se fue del pueblo y ya no la vi más. Creo que su enfermedad se agravó y se la llevaron a España.

Aquel abeto pintado fue nuestro árbol de navidad durante varios años, hasta que fuimos a vivir a España y pudimos comprar un "verdadero árbol de navidad de plástico".
Si les digo la verdad, lo eché de menos…


P.D: el árbol del principio es lo que queda de nuestro árbol de este año... Nuria no ha dejado bola entera...

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un bonito Regalo de Navidad.

Esta Neo, nos ha sorprendido con un precioso regalo, precioso y muy trabajado.
Una hermosa tarjeta de Navidad con todos sus amigos 
Me encanta ver todas esas caras, acostumbrada a leer sus letras durante tantos años.
Precioso, realmente precioso.
¿Ya dije que es precioso??????







lunes, 5 de diciembre de 2011

Juegos malabares




Ahora imagínate que te levantas por la mañana para ir a trabajar.
Te vistes, te peinas, te arreglas un poco, te pones la cara de mujer seria, competente y decidida y te pones al volante.
Llegas al trabajo, enciendes el ordenador, consultas tu agenda y te preparas para recibir la primera cita de la semana.
A la hora convenida llega el señor X con su carpeta de documentos, toma asiento y empieza a solicitar tus extensos conocimientos sobre el tema.
Tú le revisas su contabilidad, le asesoras sobre los presupuestos que ha pedido, le explicas las ventajas e inconvenientes de la opción que ha elegido y…
Y entonces suena el teléfono. Ves el número de casa, te disculpas con este señor por interrumpir la conversación y lo coges. Es el canguro, que te pregunta dónde has dejado los pañales de la niña. Se lo dices, le pides que le dé la medicación que está sobre la mesa de la cocina y que coja el biberón que le has dejado dentro del microondas.
Y con una sonrisita de disculpa vuelves a tu trabajo.
Ya tienes la mesa llena con declaraciones de la renta, recibos de Seguridad Social, facturas, presupuestos, planos…
Ha llegado el momento de empezar a hacer el estudio económico de viabilidad, de jugar con los números, ingresos, gastos, hectáreas, cultivos… este señor confía en ti para que le digas si le negocio que quiere iniciar merece o no la pena.
Y vuelve a sonar el teléfono…
Esta vez no te disculpas… te limitas a sonreir tímidamente y descolgar.
El canguro te informa de que tu hija no ha querido fruta ni galletas, pero sí se ha tomado el biberón. Que todavía tose un poco pero ya no tiene fiebre, que está muy contenta jugando por la casa  y pregunta si la puede sacar a dar un paseo.
Le explicas que en el armario del dormitorio están los gorros y las bufandas, que la abrigue bien y no la lleve por la calle de la iglesia, que tiene mucha corriente. Y que te llame cuando vuelvan, que le has dejado a ella una tortilla y a él una pizza.
De vuelta al estudio económico, ha costado un poco cuadrarlo, pero al final este señor decide que sí que merece la pena y que quiere hacer las solicitudes oportunas.
Vuelta al ordenador, a rellenar los impresos, a poner en limpio todos los cálculos que has hecho, hacer fotocopias, compulsar documentos, asegurarte de que no hay errores en las sumas…
Cuando suena por tercera vez el teléfono, este buen señor  ya sabe que tienes una nena pequeña, que tiene gripe, que no ha ido a la escuela, que has tenido que dejarla con su hermano mayor, que es la primera vez que lo haces y que estás un poco nerviosa…
Han vuelto sin novedad del paseo, han comido y están en el sofá a punto de hacer una siesta.
Terminas de rellenar los impresos, los firma, los registras de entrada, le das su copia y le deseas buen día.
Y tú has pasado media mañana con media cabeza con tu nena pequeña y la otra media haciendo cuentas…
Un día de estos… Probablemente meterás el gasto de pañales en el estudio económico, en vez de una relación de cultivos contarás purés y tortillas, y cuando tu pequeña hija quiera ir a jugar  al parque, le pedirás una solicitud compulsada y por triplicado.
Ay señor…

martes, 29 de noviembre de 2011

Mi señorita

Estaba yo hoy revisando mis escritos inconclusos, que alguno tengo.
Y me encontré con este. No es que esté sin terminar, de hecho hace ya mucho tiempo que lo escribí (nueve años, hay que ver como pasa el tiempo...), pero siempre me pareció que no era para publicarlo...
Fue de esas cosas que escribes de un tirón, casi como un impulso de soltar algo que se te ha quedado dentro y te duele. Y luego cuando lo lees, te duele aún más y lo guardas a buen recaudo sin revisar ni corregir ni nada.


Está tal cual lo escribí, y como quizá ya se han dado cuenta... no me gusta modificar las cosas que hago, así que tal cual lo copio.





Hoy quiero contar algo que me pasó ayer.
Salí por la mañana a la farmacia, a comprar algunas cosa que necesitaba.
Estaba yo en el mostrador, charlando con los mancebos. Son conocidos de toda la vida, de estas personas que han conocido a tus padres, y a tus abuelos, y que te tratan siempre con cariño, por lo que siempre me quedo un poquitín comentando esas tonterías que nos hacen mantener el contacto con los antiguos conocidos.
Entonces entró una anciana, con un montón de recetas, y algo garabateado en un papel.
Llevaba el pelo largo, teñido de un pelirrojo escandaloso y recogido en un moño bajo. Iba encogida, con le espalda encorvada, pero vestida de colores vivos, con una de esas blusas de hombros descubiertos que se usan ahora, y una faldita que le dejaba ver las rodillas. La verdad es que se veia bastante estrafalaria.
Supongo que la estaba mirando de una forma bastante descarada, porque elevó la vista lo que su encorvada espalda le permitía, y me miró a los ojos.
¿Yo te conozco?- me dijo.-
El corazón me dió un vuelco.
-Claro, señorita. ¿Porque es usted, verdad?
-Déjame que piense. Claro que te recuerdo. Te siguen gustando los animales???
Ah, ya veo, llevas un bonito perro. ¿conseguiste estudiar veterinaria? me alegro, siempre fuiste muy cabezota. Mira que tu madre decía que se te iba a pasar.
-Pero señorita, si hace más de veinte años de eso, ¿ como se puede acordar?
Me dió clase, a ver que recuerde... ¿en octavo, no?

Todavía la recuerdo, alta, pelirroja, siempre dando la nota. Por aquella época llamaba la atención por donde pasaba. Era a finales de los setenta, y fue un shock en nuestras vidas aquella profesora de inglés que enseñaba las piernas en clase, que llevaba unos escotes escandalosos y no seguía ninguna de las normas.
Me preguntó por mi vida, por mis padres, y yo seguía alucinando con que me recordara tan bien.
Luego me pidió un favor.
-¿Te importa acercarte conmigo al cajero? tengo que sacar dinero, y no sé como se hace.
La chica que viene a casa me ha prestado algo, pero ya no le puedo pedir más, de hecho tengo que pagarle, y no he encontrado a nadie que me ayude con el cajero. Hoy es sábado y no abren los bancos. En este papel tengo apuntado como se hace, pero ya sabes que soy hipermétrope (siempre le gustó usar palabras esdrújulas) y no lo leo bien. Tendría que ir al oculista, ya lo sé pero es que las gafas no me sientan nada bien.
Aunque tenía prisa por volver a casa, la acompañé al cajero, a ver si podíamos sacar dinero.
Después de intentarlo en varios, y dar vueltas durante una hora por el barrio, al paso cansino de aquella anciana, comprendí que en su cuenta no había nada, y que no iba a poder sacar aquel dinero que le debía a la chica que le limpiaba.
- Señorita, los cajeros no van muy bien hoy, ¿ porqué no se espera al lunes y va a su banco?, a ver si le pueden atender, si quiere yo le dejo algo hasta el lunes.
- No te preocupes, mi niña, si yo no gasto nada, ya iré el lunes a hablar con ese chico tan amable que me apuntó estos numeritos, seguro que se equivocó al apuntar, y por eso no me dan el dinero.
- Pero señorita, si no es molestia, vamos a mi cajero y le dejo los 120 euros que iba a sacar, otro día me los devuelve.
- No, acabo de recordar que tenía algo muy importante que hacer, gracias por tu compañía, y dale recuerdos a tu madre de mi parte. Como vamos a la misma farmacia ya nos volveremos a ver. Un beso.
Y se fue renqueando calle arriba, con su moño pelirrojo y su  blusita mejicana.
Y yo me quedé en la esquina, con mi perro, sin saber que hacer.

Aquella mujer imponente y con un carácter que hacía temblar los muros del colegio es ahora una ancianita estrafalaria que no tiene a nadie y le tiene que pedir dinero prestado a la chica que la atiende.
No sé si es justo o no, quizá ella misma eligió su estilo de vida, pero aún tengo esa imagen en la cabeza.

14/09/2002


PD: la foto la he encontrado en Internet... además de todo esa era una buena escritora que se pagaba la edición de sus propios libros...
PD2: al final sí que lo he cambiado... he quitado su nombre de pila. Tonterías que tiene una, ya pensé la primera vez que quizá no le gustaría verse como yo la vi...

martes, 15 de noviembre de 2011

Lo prometido es deuda

Esto lo escribí hace exactamente un año:

"Algún día de estos les contaré que mi nena, que por cierto mañana cumple un añito, está en este mundo porque mi mamá tenía Alzheimer…"

Y me parece que hoy es un día tan bueno como cualquier otro para cumplir mi promesa.
Ya saben, el comentario iba a cuento de que en este mundo las cosas que nos pasan suelen tener mucho que ver unas con otras, y la mayoría de las veces sucesos muy diferentes acaban estando relacionados entre sí.

Nuria cumplió ayer dos añitos. Esta entrada se tenía que haber publicado ayer, pero estuvimos bastante ocupados en casa y no pude ni acercarme al ordenador...

Y ahora viene la relación entre mi madre y mi hija.

Aquí su segura servidora, hace unos 20 años tenía su vida bastante encarrilada.
Había acabado mi carrera, estaba montando un negocio, me había comprado un pisito y tenía  eso que se dice ahora "pareja formal" y que antes era un novio para casarse...

Pero, claro, el hombre propone, Dios dispone y la mujer todo lo descompone, que decía mi padre...

Con el paso de los años, la pareja pasó a ser muy "informal", el negocio empezó a comerse más parte de mi vida de lo que yo estaba dispuesta a afrontar y, sobre todo, mi madre enfermó de alzheimer.

Cuando esta enfermedad entra en tu vida todo se tambalea. Te planteas las cosas desde un punto de vista completamente distinto, y tus prioridades cambian de sitio más deprisa que un montón de abejas enfadadas.
Cuando vi como mi madre, después de toda una vida de trabajo, perdía sus últimos años de vida en un mundo aparte y aislado... decidí que no iba yo por buen camino. Y cuando uno va por mal camino, lo más sensato es ir por otro, ¿no?

Así que mandé a la porra al negocio, al piso y al "informal" (bueno, para ser más exactos, éste me evitó el trabajo y se mandó a la porra solito), reuní todos mis ahorros, dejé de trabajar y me dediqué a cuidar a mi madre.

Hasta aquí todo muy bonito...

Pues no, en realidad no es nada bonito. Si te has pasado media vida trabajando, de repente quedarte en casa todo el día sin más ocupación que vigilar que tu mamá no se beba la colonia o se acueste en la bañera, puede llegar a ser bastante frustrante.
Y como me sobraba tiempo y energías... me dediqué a estudiar.
Estudié inglés, y francés, y informática, y preparé oposiciones... Todo eso sin salir de casa y vigilando a mamá con el rabillo del ojo.

Y entonces, una sucesión de afortunados incidentes me hizo conocer a un chico que estaba, poco más o menos, tan absorto como yo en sus cosas.

Y mira por donde, a pesar del poco tiempo que le dedicaba yo a las relaciones sociales por aquella época, salí a la calle. Básicamente para enseñarle a mi nuevo amigo mi preciosa isla de Gran Canaria.

Y... como no... pues él me devolvió el favor y me enseñó su preciosa isla de Mallorca... (aquí sí que tuve que salir a la calle, jejeje, y hasta coger un avión...).

Y... oh casualidad... de entre todas las oposiciones a las que me había presentado... me llamaron de una.
Que curiosamente (y esto ya sí que forma parte de las casualidades incomprensibles e inexplicables) era para una plaza en su isla y en su pueblo. Con lo grande que es España...

Y entonces... pues a pesar que que servidora no sabía decir en mallorquín más que "adeu", cogí un barco...
Creo que el resto de la historia ya la saben.
Ahora tengo una preciosa hija medio canaria, medio mallorquina, que ayer cumplió dos añitos.

Y que está en este mundo porque su mamá un día decidió dejarlo todo para cuidar a la abuela, que tenía alzheimer.

¿O no?....



lunes, 7 de noviembre de 2011

¡El jamón no se toca!

Esto del proceso del lenguaje es algo realmente asombroso.Un día tienes a un bebé que señala las cosas con el dedito y se enfada cuando no le das lo que te está pidiendo...
Y al día siguiente te encuentras en casa con toda una oradora. Y sin que , aparentemente, haya habido ningún paso intermedio.
Aquí mi princesita, es una verdadera cotorra. Se pasa el día dando discursos tremendamente largos y complicados, aunque con la pequeña dificultad de que sólo se entiende ella misma.
Aunque no parece preocuparle mucho. Ella sigue y sigue con su perorata sin inmutarse por nada.
Luego llega la hora de comer y no hay manera de sacarla del "si", "no", "agua", "pan"...
No, y no es que tenga un vocabulario pobre. En realidad cuando quiere es perfectamente capaz de hacerse entender: caca, pipí, coche o bonanit (buenas noches) también forman parte de su vocabulario más normal.
Claro que con 24 meses, tampoco es que haya que pedirle a la nena que recite a Becquer... ya lo sé...
Pero entonces..

Entonces llega un pequeñísimo terremoto peludo de dos meses y se le acerca al plato de la cena...
Y se oye en la cocina de casa, en voz alta y clara y perfectamente entendible:

"El jamón NO SE TOCAAAAAAAAAAAAAAAA"

Y digo yo...
Se me queda la extraña sensación de que mi nena me está tomando el pelo... y habla mejor que yo...

sábado, 5 de noviembre de 2011

Los milagros existen

Pues sí, ya sé que parece una tontería decirlo en estos tiempos que corren pero tengo la prueba gráfica de que los milagros existen.
La historia es un poco rocambolesca, así que se sientan, se ponen un café (o un té, o una cerveza, que no me voy a enfadar por eso) y se disponen a leerla tranquilamente ¿vale?


El caso es que desde hace ya unos meses estamos sin gatos. 
Brandy desapareció en septiembre del año pasado y nunca más lo vimos. 
Perlita nos dejó este verano, después de veinte años de hacernos compañía.
Ahora tenemos a nuestros perros, Truc y Beltza. Pero...
Pero es que somos gatunos, qué se le va a hacer. Somos de ese tipo de familia que cuando no tiene gato parece que falta un miembro de la familia.
Y eso sin contar con una horrorosa plaga de ratones que se nos ha instalado en el jardín y que ha acabado con todos mis pájaros.
Así qué, después de algunas semanas de indecisión, esta semana tomamos la determinación de hacernos con un gatito (o gatita).
Como somos solidarios y concienciados ( y nos parece una barbaridad gastar dinero en una mascota con la de bichines abandonados que pululan por el mundo) pues me puse a la tarea de decidir a qué organismo íbamos a buscar a nuestra nueva mascota.
Gracias a Internet, esto es ahora muy sencillo, hay páginas y páginas donde se muestran animalitos en busca de un hogar.
Y en esas estaba yo cuando me encontré con esto:


En la leyenda ponía que este gato tiene leucemia y necesita una adopción urgente porque no puede estar con otros gatos, y solicitaban un adoptante. 
La foto era de julio, en una página de adopciones de la red social Facebook
Les dejo el link de su propietaria:
http://www.facebook.com/barbara.l.forder


Bueno, no les he dicho, que este gato con leucemia y que necesita una adopción urgente... es Brandy.
Conocen a Brandy, ¿Verdad?. Es la cabecera de mi blog y ha protagonizado alguna de mis historias. 
¡Miau!, Sociología felina, Estamos de reformas


Aquí tienen a Brandy cuando estaba en casa:

Durante unos segundos me quedé mirando la foto sin poder creer lo que veía... Más delgado, pero el mismo gato.
Brandy tenía un pequeño corte en la oreja derecha, y el gato de la foto... lo tiene.
Y aunque no lo tuviera. Ese gato es mi gato, estoy tan segura que me volví loca buscando la manera de contactar con quien había puesto el anuncio.
Y entonces encontré esta otra foto:
Este era el aspecto que tenía cuando llegó a la protectora en la que lo tenían... enfermo y asustado...
Y esta mañana por fin pude ir al refugio que había publicado las dos fotos.
Brandy llegó allí en abril (a saber qué le pasó entre septiembre y abril), enfermo de leucemia y asustado...
Se ocuparon de él, lo trataron y le buscaron un hogar. Ahora vive en Alemania.
Me han prometido que me pondrán en contacto con la persona que lo tiene con ella, que es una señora. 
Pero lo más importante es que está vivo, está bien...
Y yo no me lo puedo creer...
Por eso digo que los milagros existen. Milagro es que sobreviviera a la calle por segunda vez, yo la lo recogí medio muerto en 2005. Milagro es que llegara a un refugio de animales. Milagro que haya sobrevivido a la leucemia. Y sobre todo, milagro que yo lo haya localizado después de tanto tiempo...




Ah... y como lo que queríamos era un gatito (o gatita)...
Les presento a Mau:
Llegó al refugio justo en el momento en el que estábamos allí preguntando por Brandy... y ya no ingresó. Directamente nos enamoramos de ella y nos la trajimos a casa.
Espero que aquí sea feliz.
De momento está conociendo a la familia...





miércoles, 22 de junio de 2011

Gasolina en el culete.

Dejar las cosas al alcance de un terremoto de diecinueve meses te puede dar algunos quebraderos de cabeza.
El caso es que tengo un pequeño problema de ratones en el jardín. No me atrevo a poner veneno, con los dos perros y la niña por allí trasteando, y después de probar un par de cosas que no han funcionado muy bien, hoy me decidí a poner pegamento de ese que se quedan atrapados.
El pegamento de marras es muy, muy asqueroso, y muy, muy difícil de quitar.
Me manché las manos al colocarlo y me fui a la cocina a lavármelas con jabón y agua caliente. Las instrucciones aconsejan usar gasolina, pero como no tengo gasolina...
Pues mientras me las lavaba, vi por la ventana como mi querida hija se había subido a una silla, había cogido el tubo de pegamento, le había quitado el tapón y se lo estaba poniendo en la cabeza a Truc.
Truc es nuestro ratero, que menos mal que le tocó a el y no a Beltza...
Ya se imaginan... sal corriendo, dale un grito a la nena, recupera el tubo de pegamento y intenta arreglar el desaguisado...
Menos mal que lo pillé a tiempo y no tenía demasiado, sólo un poco en toda la cocorota. Y las orejitas limpias, ufs..
Truc tiene unas orejas muy, muy finas, y cualquier cosa que le hagas en ellas le molesta y se queja horrores.
El problema fue al intentar quitarle el pegamento de la cabeza.
Gasolina no tengo, y de todas formas, no le iba yo a poner gasolina en la cabeza al pobre.
con agua y jabón se formó una plasta con el pelo que daba grima.
Y entonces se me ocurrió coger una de las toallitas de Nuria.
Oye, mano de santo, quitó todo el pegamento en un plis plas, y le dejó el pelo brillante.
Vale, prueba superada...

Pero me queda a mí una duda que me corroe...

Si las toallitas de bebé se llevan con tanta facilidad algo que se supone que sólo se quita con gasolina...
¿Con qué seguridad se las pongo yo en el culete a mi niña?

Preguntas tontas que se hace una de vez en cuando.


jueves, 2 de junio de 2011

De burros y otras zarandajas



Pues estaba yo trabajando en mi "despacho", tan ricamente cuando así, sin esperarlo, se me cruzó un burro.
Que claro, igual no lo saben, pero es que mi despacho a veces tiene ruedas y se mueve por esos mundos de Dios. No se yo si a la furgoneta le debe de gustar que la llamen "despacho", pero teniendo en cuenta las horas que paso allí, la de papeles que ruedan sobre el asiento trasero, y el completo guardarropa que hay en el maletero, con despacho se queda.
Que ya me lié, yo iba a hablarles de burros.
Esto es lo más normal del mundo. Una se hace sus planes, se organiza, empieza a trabajar y se alegra enormemente de que las cosas vayan como toca y todo salga a su ritmo. Y se te cruza un burro que te bloquea el paso.
¿Qué haces?
Pues primero tocar el claxon, claro.
Aunque me parece que a estos orejudos eso del claxon no les impresiona absolutamente nada. En este caso es que ni se inmutó.
Luego, pues paras la furgoneta, abres la ventanilla y le das dos gritos. Con todo el cuidado del mundo, no se vaya a enfadar y te cocee el parachoques.
Pues seguro que estaba bien sordo, porque es que ni se movió, oigan.
Lo siguiente: bajarse del coche y hacer aspavientos con las manos, a ver si se asusta y se va. Pero a distancia, no te embista.
Nada.
Vuelves a montar en el coche y intentas pasar esquivándolo. Cuando la rueda delantera derecha ya está enterrada en el barro y la trasera notas que empieza a patinar, ya te cabreas y te empieza a dar igual todo.
Te bajas del coche, le das los dos gritos, haces los aspavientos, le das un manotazo en la grupa y al final, en vista de la tozudez del bicho peludo, lo coges de las riendas y lo sacas sin contemplaciones del camino. Y del miedo a las coces y embestidas, ni rastro.

Y, ¡ala! a seguir trabajando tan tranquilamente.

Claro, que esto es cuando te encuentras un burro en mitad del camino.
Pero, ¿y cuando te encuentras un burro en mitad de tu vida? Y resulta que no tiene riendas...

Pues eso, que la mayor parte de las veces es mejor tener un despacho rodante y encontrarte burros peludos. Dan menos problemas.

martes, 24 de mayo de 2011

La mirada de un gato.

Curiosamente, este escrito nunca lo he puesto en el blog.
Y digo curiosamente, porque resulta que estas son las primeras letras que salieron de mi teclado.
Les cuento que estaba yo pasando por una época bastante dura y el psicólogo me recomendó, entre otras cosas, escribir un diario.
Claro, yo nunca había escrito nada que no fuera por estudios o trabajo y cuando me dispuse a escribir un diario, no sabía ni por donde empezar.
Y cuando empecé, para qué negarlo, el resultado no me gustó absolutamente nada. Los diarios no están hechos para mí.
Ahora no recuerdo exactamente porqué empecé este relato, supongo que alguien me preguntó sobre ella, o vi alguna noticia en la tele... vayan a saber. También es verdad que no recuerdo gran cosa de aquellos días, se han borrado de mi memoria.
Pero lo empecé y luego lo seguí, y al final lo acabé. Y cuando lo lei, me gustó.
Y me gustó tanto que después escribí otro, y a ese le siguieron más.
Luego me propuse aprender a expresarme mejor, busqué libros, bibliografía sobre como escribir, me registré en blogs literarios, aprendí mucho.
Pero la verdad es que este relato fue el primero. Ahora lo releo y me cuesta reconocerme en la forma de escribir.
Es un poco largo para una entrada de blog, pero no me apetece cortarlo, así que si tienen paciencia aquí se los dejo.
El título que le puse fue, como no:

LA MIRADA DE UN GATO


Ante todo me gustaría presentarme. No recuerdo cual fue el primer nombre que me pusieron, pero pueden llamarme Perlita, que es el que me dan los que me quieren.
En los últimos tiempos se habla mucho de problemas con animales, animales peligrosos, animales abandonados... es como si sólo existiera la cara amarga de nuestra relación con los humanos. Si me lo permiten, les contaré mi historia, que no es la más famosa, ni siquiera la más triste o feliz, pero es la mía, y es una historia de cariño.


De mi primera infancia no guardo recuerdos claros, a veces, cuando llega la noche, en ese estado intermedio entre la realidad y los sueños, tengo una suave sensación , y creo volver a sentir el calor de mi madre y mis hermanos, pero en enseguida desaparece, y queda solamente como un leve recuerdo.


Siendo aun una pequeña gatita, cambié de familia. De esa época mis recuerdos son confusos, mi primera familia no me prestaba mucha atención, y ya casi les olvidé. Quedan unas risas infantiles, aunque no les puedo poner cara, y un ambiente ruidoso, brusco, desagradable para los sensibles gustos de un siamés. Porque, no sé si lo ha dicho, soy una siamesa, y aunque esté mal que yo lo diga, dicen que tengo unos ojos muy expresivos y especiales.


También recuerdo riñas, y un largo palo, que me echaba de todos sitios cuando intentaba averiguar lo que había detrás de los sitios, como si la gente no supiera que los gatos somos animales curiosos.¡ Dichosos palos! Me echaban de las camas, de los armarios, de los muebles......


Digo yo, que si no quieres que te cotilleen la casa, cómprate uno de esos extraños animales plumosos, que no salen nunca de su cueva, y que huelen tan bien..... Son muy aburridos, no se puede jugar con ellos, pero por lo menos no molestan, (y hacen música).


La casa era interesante, pero en algunas partes habían unas paredes extrañas, invisibles, que dejaban ver el exterior, pero no tocarlo ni olerlo. Esas paredes a veces no estaban, pero cuando esto ocurría, me encerraban en algún cuarto, y no me dejaban acercarme. Creo que se laman “ventanas”.


Un día quise averiguar que había detrás de la extraña barrera invisible que no me permitía oler el exterior. Ese día la barrera había desaparecido, toda la casa estaba revuelta, con cubos llenos de un extraño líquido, de muy mal sabor, y palos de los que me echaban siempre de las camas. Cuando nadie miraba, atravesé la barrera, y olí el mundo exterior.


Aquello era mucho mejor de lo que me había imaginado, múltiples olores y sonidos se repartían por el ambiente, y decidí averiguar que más me había estado perdiendo. De un salto, salí fuera, para dar un pequeño paseito por lo que ellos llamaban “calle”.


Pasé por debajo de unas casas muy raras, la gente se metía dentro, y se las llevaban con ellos, en medio de un gran estruendo, ¡vaya susto!, salí corriendo de varias de ellas.


Oí unas risas infantiles, pensé que eran las mismas que en casa, y me acerqué, por si querían jugar.


Fueron muy cariñosos conmigo, me cogieron en brazos, me acariciaron la tripa (con lo que me gusta eso) y me llevaron con ellos. Ya creía que íbamos a volver a casa, pero aquella casa era distinta. No había camas en las que acostarse, ni ese rico olor en la cocina, ni un confortable sillón para ver la tele. En realidad no había nada de nada, ni siquiera aquellas extrañas barreras invisibles en las ventanas, se olía perfectamente el exterior. Era una casa vacía, sin camas, ni armarios, ni nevera. Pero aquellos niños parecían simpáticos, y muy cariñosos, y me quedé con ellos.


Luego, no entiendo lo que pasó, es un recuerdo confuso, doloroso, yo creía que íbamos a jugar a seguir la pelota...


Pero lo que pasó fue que me vi en el aire, y después de unos interminables segundos, di con mis huesos en el suelo, y me quedé muy confusa. Cuando me recogieron, sentí un gran alivio, por fin volvía a casa, pero, en vez de eso, volví a estar en el aire, y otra vez al suelo. Por alguna razón, se dedicaron a tirarme por la ventana a la calle, y luego me recogían otra vez, vaya juego más extraño. No me podía mover, me dolía todo el cuerpo, y no se cuanto duró aquella pesadilla, porque perdí el conocimiento.


Lo siguiente que recuerdo es una jaula metálica, dura y fría, como las de aquellos bichos emplumados que tanto me gustaban. Estaba en una casa distinta, pero me resultaba vagamente conocida, como si hubiera estado allí con antelación. Desde luego, el recuerdo no era nada agradable, era de olores extraños, y un dolor repentino en el lomo, como si algo me hubiera mordido. Unos humanos desconocidos me miraban con mucha atención, pero yo me encontraba tan mal que pensé, que hagan lo que quieran, total, a mi ya me da igual, y les dejé que hicieran lo que quisieran, yo sólo quería volver a mi casa.


Durante varios días me tuvieron en aquella extraña cueva, pero no fueron malos conmigo, me miraban mucho, me ponían comida y me decían cosas. Aunque a veces me hacían daño, y me mordía aquel animal invisible en el lomo. Me dolía todo el cuerpo, y no podía mover una de mis patitas.


Pero poco a poco dejó de dolerme, aunque yo no comí nada de lo que me pusieron, no me fiaba ni un pelo de aquella gente.


Ah, olvidaba decir que aquella casa estaba muy concurrida. Había un montón de gente entrando y saliendo todo el día, y muchos perros y gatos en cuevas como la mía. También había un gato y dos perros, que por lo visto vivían allí, porque no tenían cueva. El gato, que era un jovencito gris muy guapo, me explicó que aquello era un hospital, que los animales iban allí a curarse, y que cuando estuviera mejor, me iría de allí.


Entonces recordé el sitio. Allí me llevaron mis dueños el día que llegué a casa. Estuvimos un rato, me mordió el dichoso bicho ese en la espalda, y luego nos fuimos a casa. Estupendo, eso quería decir que, después de todo, mis dueños me irían a buscar, como la otra vez.


Pero me equivocaba. El tiempo pasó, fui mejorando, y nadie fue a buscarme.


Cuando estuve bien me permitieron caminar por la casa, y descubrí que ¡allí también había camas!. Una era de la dueña del gato, que también tenía un perro pequeño y bastante feo. La dueña de la otra cama no tenía gato, pero sí un perrazo muy grande y bastante atolondrado. Como no había gato, intenté acostarme, pero me echaron sin contemplaciones. Según me contaron, había habido una gata, idéntica a mí, pero un día despareció, y su dueña se quedó muy triste. Luego vino otra gata, pero duró muy pocos días antes de desaparecer. Desde entonces no entraban gatos en aquel cuarto. ¿Estaría encantado?. Me propuse averiguarlo a toda costa.


Intenté todo lo que se me ocurrió, pero no hubo manera, no me dejaban acostarme en aquella cama. Todo el mundo tenía su sitio en la casa, menos yo.


Aún así, la vida no era mala. Buena comida, y un gato para jugar, me cuidaban bien, no podía quejarme. Aunque echaba de menos tener un dueño, como todos los demás. Por las noches todos iban a su cama, y yo me quedaba en la escalera.


Un día de invierno, todo cambió. (otra vez)


Se llevaron las camas, y al llegar la noche, todo el mundo se fue de la casa, y me quedé sola. Creí que me iba a perder otra vez, pero no fue así. Al rato, la dueña del perro grandote volvió con una jaula, y me llevó con ella.


Cuando llegamos a aquel edificio, ¡no me lo podía creer!. ¡Estaba de nuevo en mi casa!.


Entramos, y salí de la jaula. Corrí por el pasillo, para ir a la habitación de los niños, a mi cama, ¡por fin mi cama!. Di un salto, pero...¿dónde estaba la cama? no había cama, no estaban los niños, los muebles eran distintos y ese olor...¡Olía a perro!!!


Salí por la puerta, al rellano, buscando aquel olor familiar. Subí por las escaleras. Corrí Por todo el edificio. Intenté ir a los demás pisos, pero todas las puertas estaban cerradas.


Se habían equivocado de casa.¡ TENÍA QUE ENCONTRAR MI CASA!

No me gustaba esta nueva casa, estaba aquel perro tan tonto, y la humana que no me quería nada, y no había niños.


Intenté salir de allí, muchas veces. Salí por la puerta, por las ventanas, por el balcón. Salí al rellano, a la calle, a los patios. Pero siempre me encontraban y me llevaban de vuelta.


Pero pronto conocí a los habitantes de mi nueva casa. La que pronto comprendí que era mi nueva dueña, sus padres, y el perro tonto, al que llamaban Tarzán (hasta el nombre es tonto), y me fui acostumbrando a mi nueva vida.


Al principio nadie me hacía caso, pero, total, ya estaba acostumbrada...


Eso sí, tenía un cuarto para mí solita, con sillones y muebles, y me dejaban ir por donde quería. Tenía comida y agua y aquellos largos palos de mi infancia, estaban siempre metidos en el armario, nunca salieron para pegarme.


Mi dueña, con el tiempo, me cogió cariño, y yo aprendí a quererla. El perrazo maduró, y nos hicimos amigos, y fui olvidando todo lo que me había pasado durante el año anterior.


Aquella casa , después de todo, no estaba tan mal. Me dejaban dormir en las camas, en los sillones, en los armarios y donde quisiera. Podía ver la tele todo el día, y siempre había alguien haciéndome compañía. Cuando uno de esos palos largos salía de su escondite, salía corriendo, pero nunca volvieron a molestarme.


Aquí llevo mucho tiempo, me gusta esta vida. Me quieren mucho y nunca nadie me ha vuelto a hacer daño

No me falta de nada, aquí vivo tranquila pero...

A veces siento la necesidad de salir y buscar algo, no sé que. No me puedo resistir y busco una salida al exterior, buscando....


Ya me he caído varias veces del balcón, y mi dueña siempre me encuentra y me cuida.


Una vez me di en la nariz, y ahora hago ruido al respirar. Otra vez me di en una manita, bueno, dos veces, las muñecas las tengo más bien regular. La última vez me rompí la cadera, estuve toda la noche en la calle, me dolía mucho, hacía frío, ¡que miedo pasé!. Por la mañana oí a mi dueña buscándome, llamándome. Yo no podía ni moverme, ni responderle, no me salía la voz. Cuando por fin me encontró, no llegaba hasta mí, y tuve que arrastrarme un buen trecho. Estuve varios días sin comer, y un mes entero sin caminar, todos estaban muy preocupados. Ya estoy bien, aunque no puedo saltar y ahora ando bastante mal. Si no es una pata, es una mano, siempre me duele algo.

Tarzán me dice que soy tonta, que lo que busco hace mucho tiempo que lo encontré, que deje ya de buscar. El jamás se separa de su dueña, la sigue a todas partes, y cuando se va, llora como un niño pequeño, la espera en la puerta hasta que vuelve. Pero, claro, ¿qué se puede esperar de un perro?. Todos los gatos saben que los perros son tontos.


Además, yo se que ella siempre vuelve a la misma hora, y cinco minutos antes voy a esperarla, no pierdo toda la tarde como mi perruno amigo.

No sé, los gatos somos así, nunca estamos contentos con nada .


¿Ustedes que piensan?

Vicky, 2001



sábado, 21 de mayo de 2011

Veinte años no es nada

Veinte años no es nada.

O por lo menos eso dice el tango.

Quizá. Es posible que veinte años no sean nada según y cómo se mire.

Pero también, veinte años pueden serlo todo.

Hace veinte años iniciaba yo una aventura profesional y personal. Con las energías de la juventud me lancé de cabeza al mundo empresarial, monté un negocio, compré un piso, proyecté una familia. Y un día como otro de tantos, apareció ella, solitaria, en mi sala de espera.

Apareció en los comienzos, cuando todo era alegría y ganas de trabajar. Es curioso cómo pasan las cosas porque en aquel momento no me di cuenta. No sabía yo que iba a ser mi compañía a lo largo de la mitad de mi vida.

Me acompañó en mi trabajo, en las largas tardes de esperar que entraran los clientes por la puerta, de leer revistas científicas “para no desaprovechar el tiempo” y en las mañanas de los sábados viendo como el parque se llenaba de familias mientras ella y yo tomábamos el sol que entraba por la ventana.

Luego empezó a acompañarme también por las noches, se vino a vivir conmigo y se instaló en mi despacho, bueno, a partir de entonces, “su” cuarto.

Ella estuvo conmigo cuando el negocio prosperó, cuando lo ampliamos, cuando la vida era trabajo y trabajo.

Y me acompañó en mi vida personal, siempre presente en los buenos momentos y en los malos, que de todo hubo.

Estuvo en mi piso, y luego en mi chalet, y después otra vez en mi piso, siempre al lado mío.

Ella tenía su vida, como no, y bastante movidita a veces. Dicen que tienen siete vidas, pero yo le he calculado nueve o diez… Pero al final del día siempre estaba allí para ver la tele conmigo y acompañar mi sueño.

Cuando mi proyecto de familia se resquebrajó allí estuvo a mi lado, ya más mayorcita pero siempre dispuesta a acompañarme en mis días y mis noches.

Y cuando la vida se decidió a darme una buena patada, ella atravesó el mar conmigo y nos fuimos a empezar de nuevo. Y allá nos fuimos las dos, ella con cicatrices en su cuerpo y yo con cicatrices en el alma.

Allí estuvo cuando perdí a papá, y allí estuvo cuando perdí a mamá. Los dos tuvieron un pensamiento para ella en los últimos momentos. Bueno, mamá no sé si lo tuvo, porque ya no era mamá, pero cuando se la llevé escondida en una bolsa para que la viera por última vez, se la puso en las rodillas y sonrío.

Ella ha estado conmigo en el infierno, me acompañó en la bajada, y luego en la subida.

Y cuando decidí rehacer mi vida… volvió a atravesar el mar conmigo. Aunque creo que no le hacía demasiada gracia… tampoco se quejó.

En realidad nunca se quejó de nada, sólo pedía estar a mi lado y con eso era feliz.

La familia ha ido aumentando y disminuyendo con los años. Unos han entrado y otros han salido. Y ella siempre presente, los ha visto entrar y salir de nuestras vidas con un poquito de autosuficiencia, todo hay que decirlo. Siempre ha sabido que era la reina de la casa.

Cuando llegó Nuria a mi vida tuve que escuchar de todo. Que si era peligroso, que si podían aparecer celos, que si arañazos, que si enfermedades, que si parásitos, que se le metería en la cuna, que la asfixiaría…

Pues no, nada de eso. Al contrario, ha sido una paciente compañera de juegos durante estos últimos meses, han dormido la siesta juntas y si no han comido juntas ha sido de milagro… O quizá sí que han comido juntas, eso queda entre ellas dos.

Y sólo cuando perdió la vista definitivamente y se autoconfinó a su esquinita del sofá, tuvimos que explicarle a Nuria que ya no podía jugar con ella, que estaba mayor.

Hoy, cuando ha llegado de dar su paseo y ha ido corriendo a saludarla, se ha quedado mirando la esquina vacía del sillón y me ha dicho ¿BAOOO?

Se lo he explicado, que ya estaba mayor y no se encontraba bien, y que ahora ya descansa en el cielo de los gatos. Aún es pequeña para entenderlo. O quizá no… porque ya no la ha vuelto a buscar…

Por estos veinte años de compañía silenciosa. Por estar ahí en los buenos tiempos y en los malos. Por ser el testigo de la construcción de mi vida. Gracias Perlita.

Gracias, y adiós.