miércoles, 11 de marzo de 2009

Sobre la utilidad de algunos trabajos...




Estos días he tenido mucho trabajo.
Y no sólo mucho, sino distinto…
Durante un par de meses al año mi trabajo se convierte en una aburrida sucesión de declaraciones de gente que me cuenta cuantos animales tiene, cuantos piensa tener, donde los tienen, qué hacen con ellos… Se llama “Declaración Anual de Censos”, y sirve básicamente a efectos estadísticos, y para saber cuanto dinero hay que prever en vacunas, identificación, etc.…
Es un poco aburrido, no se asusten que no se lo voy a contar.
El caso es que durante estos dos meses viene mucha gente que no tiene contacto habitual con la administración, la mayoría de ellos viejecitos que tienen diez o quince ovejas, cuatro o cinco cabras, un burrito, pavos, patos, y cosas así.

Es increíble cómo ha cambiado el mundo (mi mundo, nuestro mundo) en unos pocos años.
Estas personas no entienden porqué me tienen que contar sus posesiones. La mayoría son tan mayores que ni siquiera han hecho nunca una Declaración de la Renta.
Cuando eran jóvenes y trabajaban, nadie se interesaba por lo que hacían, simplemente trabajaban, cobraban y listo. No había registros, normas de seguridad, de salubridad, de nada…
Vienen obligados porque una carta muy amenazadora les dice que si no vienen se les multará (antes no se enviaba carta y simplemente no venían…)

Y me veo cada día delante de un señor de cuatrocientos años, completamente analfabeto, que firma igual que si dibujara, intentando que me diga cuantas ovejas le han parido, intentando explicarle que no puede tener una cerda si no tiene su documentación en regla (¿Qué documentación???) y sobre todo intentando que me apunte cada vez que se le muere (o se come) una oveja, la fecha y el número que lleva en la oreja.
Por no hablar del libro donde tienen que apuntar cada vez que dan un medicamento, especialmente porque no dan medicamentos.
Sé positivamente que a veces lo que me cuentan es mentira.
Y sé positivamente que en cuanto salgan de mi despacho, cogerán ese libro que he estado una hora explicando como se rellena, lo meterán en un cajón, y me lo traerán el año que viene impoluto…

Viven en el siglo XXI, pero su mente sigue en el XIX.

En marzo, envío mis datos a mis jefes, y se utilizan para elaborar los presupuestos.

Mientras, mi anciano pagés se va a su casa y le cuenta a su señora que una “forastera” muy pesada le hizo muchas preguntas tontas, y que le ha dado un libro amarillo que no ha entendido. “Estos del Gobierno lo quieren saber todo”.

Sinceramente, si no fuera porque estoy segura de que después de todo mi trabajo es necesario… Hay días que me deprimiría.
Perlita.