domingo, 26 de diciembre de 2010

Flores en diciembre.

En  "El jardín de Bemi" cada mes Yolanda nos muestra lo que ocurre en su precioso jardín.


Y en su post "Está floreciendo", nos ha invitado a mostrarle lo que ocurre en los nuestros.


Mi jardín este invierno está un poco descuidado, entre mis ocupaciones de mamá y las trastadas de Truc, nuestro nuevo miembro de la familia.
Pero hoy Gabriel le ha dado un pequeño lavado de cara y me he animado a enseñarles un par de cositas.


El rosal "Botero", que a pesar del frío y de las heladas que estamos pasando, ha decidido sacar unos cuantos capullos.















Las Bergenias, lucecitas de invierno que ya empiezan a florecer.



Y esta crasa (que no sé cual es, me la regaló una buena amiga) y que también se prepara para explotar en rojo.


Y, esto es todo en mi jardín hasta dentro de un mes.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Los camellos



Era de noche y hacía frío.



Uy, no, que no, que no hacía frío, que hacía calor, que en esa parte del desierto nunca hace frío.


Vuelvo a empezar:


Era una cálida noche del desierto africano. En realidad no era una noche cualquiera, era La Noche. La Noche de Reyes.
Pues como iba diciendo, hacía calor y dejé la ventana abierta para refrescarme. De aquella noche no pasaba que los pillara.
Ya llevaba un par de añitos que me quedaba dormida y me perdía la llegada de los Reyes Magos. Y yo quería verlos, ver sus capas, ver a los pajes, y decirles que a ver si de una vez me dejaban lo que yo pedía y no lo que a ellos se les pasaba por la cabeza.
Así que me preparé con un poco de pan con queso que había cogido de la cocina, un vasito de leche y un libro, a aguantar toda la noche. Lo escondí todo debajo de la cama y me metí dentro, esperando a que mi madre pasara a darme las buenas noches.
Efectivamente, mamá vino, me deseó buenas noches, me dio un beso y me apagó la luz del cuarto. Me recomendó que no abriera la puerta, porque “A los Reyes Magos no les gusta que los molesten cuando trabajan, y si les interrumpes no volverán nunca más a verte”
“Les hemos dejado leche y galletas en la puerta, para los camellos"
Sí, claro, mamá, no me pienso mover…
Mis padres se fueron a acostar, pusieron la radio un ratito y después… Silencio.
Yo cogí mi libro, le di un mordisco a mi bocadillo de queso y me puse cómoda en la cama a leer.
El reloj del salón, que retumbaba por toda la casa, me estaba poniendo nerviosa, tic tac, tic tac, tic tac .
Entonces me pareció oír un ruido. Se me erizaron todos los pelitos del cuello y me enderecé en la cama para oir mejor (como si derecha se oyera mejor…)
Falsa alarma, era “Tigre” que volvía de sus correrías nocturnas y se acomodaba en su butaca.
El tic-tac me fue acompañando según pasaban las horas.
Las doce.
La una.
Las dos.
Ya me estaba empezando a quedar dormida, cuando oí otro ruido. Pero esta vez sonó en la calle. Una lucecita se movía por la acera de casa y unos cuchicheos en voz muy baja rompieron la hegemonía del tic-tac del reloj.
Rápidamente me acerqué a la puerta y puse la mano en el pomo.
Pero… ¿Y sí mi madre tenía razón? ¿Y si se enfadaban?
Con la mano pegada al pomo me quedé escuchando, pero un fuerte golpe seguido de una especie de gruñido me sobresaltó de tal manera que fui a parar directamente a la cama y metí la cabeza debajo de la almohada.
Después vinieron voces, luces que se veían a través del cristal de mi ventana, más gruñidos durante unos segundos que me parecieron horas, un portazo y… silencio.
Reconozco que a estas alturas se me había ido toda la valentía y estaba más bien asustada.
Me tapé la cabeza con la sábana, llegué como pude hasta la ventana, (no sin darme un buen porrazo con la silla), la cerré y me volví a meter en la cama, sin acabarme el bocadillo, ni la leche ni el libro.
No dormí nada. Pero nada de nada.
Y cuando mi madre vino a despertarme, salí corriendo de la cama gritando: ¡mamá, mamá, no te imaginas lo que pasó anoche!!!
Ella, sonriente, me contestó:
Pues claro, que vinieron los reyes y te han dejado un montón de regalos. No les habrás molestado, ¿no?.
En ese momento vi el sofá con toda una colección de vestiditos para mi Nancy y se me olvidó el miedo de las últimas cuatro horas metida debajo de la sábana. Me tiré en plancha a recogerlos, probarlos, guardarlos, volverlos a sacar…
La leche y las galletas, por supuesto que ya no estaban. Y mi madre me dijo un poco contrariada, que uno de los camellos debía de haber pisado el plato, porque se lo había encontrado roto .
Entonces me atreví a contarle que me había quedado despierta y lo había oído todo:
Los Reyes que llegaron a casa, el ruido de la puerta al abrirse y luego al cerrarse, los gruñidos de los camellos, las luces de las antorchas que tienen para no perderse, y hasta cuando el camello pisó el plato y lo rompió. Pero que me había dado miedo y me había escondido en la cama.


¿Saben? Incluso, si lo intento, aun puedo recordar el olor a camello que había en la casa aquella mañana luminosa de enero.




Feliz Navidad

sábado, 18 de diciembre de 2010

La última niña del Sáhara

Hoy les voy a traer algo que no he escrito yo, sino una persona de las que escriben de verdad.
Con escribir de verdad quiero decir estas personas que escriben todos los días, tanto si les apetece como si no, porque les va en ello las habichuelas, y encima lo hacen  siempre estupendamente y no se les nota si tenían dolor de cabeza, o estaban enfadados con su madre, o simplemente la inspiración ese día no quería venir.
No es que yo escriba de mentira... pero como sólo lo hago cuando me apetece... pues como que no es lo mismo, ¿no?

Bueno, que me enrollo, ahí va el artículo, que lo disfruten:


La última niña del Sáhara


Victoria Toledo pasó su infancia en la zona saharaui bajo dominio español y aún recuerda la noche de su evacuación





Victoria y su padre Tomás posan frente a la iglesia de La Inmaculada, en La Güera.

MAR FERRAGUT. PALMA. Antes de irse los soldados cogieron a todos los perros del pueblo y los mataron. Victoria oyó los disparos desde la orilla. Tenía ocho años y recuerda con claridad esa terrible madrugada de noviembre en la que su niñez cambió de color. Aquella noche fue evacuada de La Güera, el pueblo del Sáhara español en cuyas calles ella creció libre y feliz. Su familia aguantó mucho allí, pero tuvo que irse cuando España perdió definitivamente el control de la zona, a finales de 1975. Victoria no se acuerda casi nada de los meses posteriores a esa noche, excepto que cada día preguntaba: "¿Cuándo volveremos?". De los seis años que pasó en territorio saharaui no se olvidará "nunca".




Victoria Toledo nació en Canarias y lleva siete años viviendo aquí, junto a su pareja que es mallorquín. Mira con nostalgia las fotos de colores gastados de aquellos años 60 del Sáhara, donde también se llevaban los pantalones de campana, los estampados psicodélicos y las gafas de sol gigantes. Su padre era pescador y en 1967, perseguido por una fuerte crisis, se trasladó a Nuadibú, en Mauritania, a uno de los mayores puertos pesqueros de la zona. La madre de Victoria era maestra y en 1969 pidió el traslado al cuerpo de maestros del Sáhara. Y así fue como la familia Toledo Molina empezó a vivir en África.


Su madre junto a varias autoridades del pueblo.




"¿Por qué la gente va con máscara?". Eso le preguntó Victoria a su madre cuando desembarcaron en Nuadibú. Era muy pequeña, tenía poco más de dos años, y no entendía por qué la piel de aquellas gentes era más oscura. Al poco tiempo de vivir allí, ya ni se daba cuenta de que la piel de su amiga marroquí Jutta era diferente de la de su amiga española Sonia. "No encontraba nada raro, para mí era de lo más normal ir todos juntos a la escuela", razona.


Pasaron un año en este pueblo mauritano antes de trasladarse a La Güera, donde su madre se convirtió en la directora de la escuela y donde su padre acabó estableciéndose como un próspero consignatario. El pueblo tenía alrededor de 2.500 habitantes, la inmensa mayoría saharauis. Muchos eran nómadas y vivían en tiendas.

De 1º a 5º curso los niños de distintas edades y procedencias iban todos juntos a la misma clase. Recuerda que a los árabes les revisaban cada día las uñas y la cabeza, para ver si tenían piojos. A las cinco, los españoles se iban a catequesis. Los saharauis se quedaban para recibir clases sobre El Corán. Después de la formación religiosa y porque su madre se empeñó, Victoria iba a clases particulares de lengua árabe. "Y no puedo acordarme de nada", se lamenta. Cuando se volvían más mayores, la mayoría de españoles mandaban a sus hijos a Europa para seguir estudiando. A los saharauis les sacaban de la escuela cuando ya sabían leer y escribir.



Victoria, en el lado izquierdo con gafas, y sus compañeros de colegio.

"Lo que más me gustaba era poder salir a la calle y hacer lo que me diera la gana", cuenta, "las puertas estaban siempre abiertas y casi no había ni un coche, ¡y había un cine!". El cine, eso sí, solo funcionaba por la tarde, durante aquellas cinco horas en que encendían el generador del pueblo. Porque en La Güera no había electricidad y en las casas no había neveras. En 1975, el último año en que el Sáhara Occidental estuvo bajo dominio español, el Gobierno "puso electricidad durante todo el día y hubo muchas mejoras". Pero la electricidad no servía para ahuyentar los rumores de combates que se oían de territorios no tan lejanos. No evitó que llegara la inquietud, los nervios. El miedo.

"Mi madre pedía información al Ministerio y nos decían ´no os preocupéis, no pasa nada´". En teoría, ´no pasaba nada´, pero a mediados del 75 los españoles empezaron a irse. Victoria fue la última niña española que quedó. La última niña de La Güera. Las primeras en marcharse fueron las mujeres, pero a su madre no la dejaron trasladarse por ser la directora del colegio. Por aquel entonces, llegó un destacamento con 300 soldados para proteger a los que aún estaban allí. Se ordenó toque de queda y a partir de las seis de la tarde La Güera ya parecía un lugar deshabitado, un pueblo fantasma.


"Aquellos meses no me gustaron", narra: "Mis amigos se fueron, rompieron la puerta de la iglesia y de la escuela y había manifestaciones por las calles con gente gritando ´¡españoles fuera!´". En aquellas manifestaciones había personas que antes habían sido amigos de su familia. Una noche llegó el teniente al mando del destacamento a su casa. Su padre le mandó que se encerrara en su cuarto. El teniente fue claro: "Nosotros nos vamos esta noche". Los Molina Toledo, evidentemente, también se fueron, así como los pocos compatriotas españoles que aún vivían allí. Todos comenzaron a hacer cajas rápidamente. Salvaron libros, ropa, las fotos, alguna documentación importante, algunos juguetes... Pero fue más lo que se quedó que lo que se pudieron llevar. Los llevaron en coche a la playa. Fue entonces cuando oyó los disparos, cuando mataron a los perros, cuando su infancia cambió.


Imagen de 2006 del pueblo de La Güera, destrozado y abandonado.
"Los soldados eran críos, tenían 18 años, yo oí como lloraban por la noche, tenían miedo", relata. La Marcha Verde que inició el rey marroquí Hassan II a principios de noviembre de aquel año fue supuestamente una medida de presión pacífica para recuperar el territorio colonizado. Pero hubo bombardeos. Y hubo víctimas. "Sé de compañeros de clase míos que murieron", se lamenta Victoria, quien ha conocido en Mallorca a otras personas que pasaron por lo mismo que ella y que, más de 30 años más tarde, no quieren hablar del tema porque aún no han superado el trauma.


Victoria, con gafas y gorra, junto a los soldados que les evacuaron.
La noche en que dejaron África fue larga. Los soldados aprovecharon la oscuridad por seguridad. Pasadas las doce y ya en alta mar, tuvieron que trasladarse al buque Ciudad de Cádiz. Recuerda como alguien la levantó y la tiró por la borda. Su padre la recogió al otro lado. En ese barco, entre soldados y civiles, viajaban apiñadas más de 350 personas. Llegaron a Las Palmas, rodeados de fragatas militares, al día siguiente. Se acuerda de cómo bajó las escaleras del barco. Y de los siguientes cinco meses no recuerda nada. Los bloqueó, no se sabe si por el miedo vivido o por la nostalgia. Le contaron que su rutina diaria durante muchas semanas consistió en ir a la explanada del puerto a recuperar sus cosas de las miles y miles de cajas que se desembarcaron aquella mañana.


"Franco se moría, parecía que España estaba al borde de una guerra civil, Hassan II lanzó el pulso de La Marcha Verde, hubo guerras y escaramuzas, los saharauis se aliaron con la Argelia comunista y se pusieron a Estados Unidos en contra... todo el mundo lo hizo fatal". Y ellos, los Molina Toledo, que "ninguna culpa" tenían, tuvieron que "volver a empezar, otra vez de cero". Todavía pudieron refugiarse en casa de su abuela, pero otros repatriados no tenían donde caerse muertos. Tomás, el padre de Victoria, no pudo recuperar nada del negocio que había conseguido levantar de la nada con esfuerzo. El Gobierno español le dio 200.000 pesetas de indemnización. Pidió más, por todo lo que había tenido que dejar por la "descolonización forzosa", pero nunca se lo concedieron alegando que necesitaban justificantes de la compra del barco, el local, el transmisor de radio... Alegó que no habían tenido tiempo de coger toda esa documentación, pero el argumento no le sirvió de nada. Intentó volver a La Güera para recuperar cosas. Pero fue imposible.


Victoria tampoco ha vuelto desde entonces. Y se muere de ganas de ir, aunque el pueblo como tal ya no exista porque "todo quedó bajo la arena". El año pasado Victoria, que trabaja como veterinaria para el Govern, estuvo a punto de ir pero se quedó embarazada. Ahora tendrá que esperar a que la pequeña Nuria crezca un poco para poder enseñarle las calles por las que su madre fue tan feliz en aquel final de los años 60, ajena a fronteras, colonialismos, guerras de poder y soberanías. Espera poder volver pronto a ese trozo de África que un día fue español para buscar su antigua casa, la casa de la última niña española del Sáhara.


Imagen actual de Victoria en la playa de es Trenc, con Nuria.


El artículo original, aquí: http://www.diariodemallorca.es/mallorca/2010/08/01/ultima-nina-sahara/591236.html