domingo 22 de noviembre de 2009

NURIA


Naciste el pasado sábado 14 de noviembre, a las 5:00 de la madrugada. ¡Vaya horas!

El médico de mamá quería sacarte él con cesárea, porque decía que eras muy pequeña todavía, que no era el momento, que habías tenido muchos problemas desde el principio de tu corta vida y que podía ser peligroso para tu mamá y para tí.

Pero tú ya dabas muestras de carácter estando dentro de la barriguita de mamá, y no ibas a dejar que nadie te dijera cuando y por donde salir, ¿verdad?. Pobre médico, le hiciste correr mucho.

Mamá y papá estamos muy contentos de que ya estés con nosotros, sobre todo mamá, que ya no recibe más pataditas y codacitos.

Ahora mamá te alimenta y papá te cambia y te limpia el culete. Por el momento te portas de maravilla y todo el mundo dice que eres muy guapa.


Pequeña Nuria, ahora ya puedes empezar a crecer.




domingo 30 de agosto de 2009

EL MONSTRUO

Hace algunos días comentaba con un amigo que a veces nos creemos que ciertas cosas sólo nos pasan a nosotros, que ciertos errores sólo los cometemos nosotros, que ciertas desgracias se ceban en nosotros.
Entonces los sentimientos de culpa, de impotencia y de frustración se instalan en tu ser y bloquean tus reacciones, te hunden en la tristeza y dejas de ser tú.
Hace falta alguien que te abra los ojos, que te haga ver que no eres especial, que te pasa lo mismo que a todo el mundo, cometes los mismos errores que todo el mundo y te ocurren las mismas desgracias que todo el mundo.
Quizá tus enfermedades, tus errores o tus desgracias no sean físicamente iguales a las de tu vecino. Quizá te parezcan mayores, o quizá menores.
Pero al fin y al cabo todos tenemos de unas y de otros.
Cuando consigues darte cuenta de algo tan simple, y a la vez tan difícil, has dado el primer paso para aprovechar el resto de tu vida.



Tenía por aquí guardado este escrito, de un momento en el que pensé que mi error era irreparable y no volvería a ser yo.
Evidentemente me equivoqué. Gracias a Dios me equivoqué. Y espero recordarlo, para la próxima vez que me equivoque.

Aunque hoy no lo traigo por mí, lo traigo por tí... espero que lo leas y me entiendas.
Los malos momentos no nos convierten en algo que no somos, sólo nos ayudan a conocernos un poco más.

Besos.




EL MONSTRUO



El monstruo es peligroso, se alimenta del odio, de la ira, de la rabia que encuentra a su alrededor.
Va creciendo despacio, sin hacer ruido. Se esconde en lo más profundo de tu alma y no se deja detectar, salvo por esos pequeños saltos que a veces da tu corazón, por esos breves pinchazos en el estómago cuando algo te incomoda.
El monstruo es sanguinario, ataca sin mirar a donde ni porqué y siempre hiere donde más duele. Después se vuelve a ocultar y deja pequeños retazos de ira, salpicados aquí y allá, en simples conversaciones, en inocentes observaciones.
Creció en tu interior durante años, y al principio lo alimentaste y lo mimaste, pensando que lo necesitabas para sobrevivir en el infierno. Tu error fue pensar que se podía vivir en el infierno. Sólo los monstruos viven en el infierno.
El monstruo no es invencible, pero es tan poderoso que vencerlo requiere de toda la fortaleza interior de que dispongas.
El monstruo fue derrotado hace años, después de una dura y larga batalla. A punto estuvo de ganar varias veces, de hundirte definitivamente en la locura de la que no se torna. Y entonces un ángel te ayudó, un indefenso ángel que necesitaba de tu alma entera, sin manchas de ira ni maldad. La batalla fue tan sangrienta que a cada golpe que le dabas al monstruo, tú lo recibías doblado. Pero ganaste.
Ganaste y lo encerraste en una urna de cristal, en el rincón más oscuro e impenetrable de tu ser, donde no le pudiera volver a hacer daño a nadie, donde no pudiera volver a manchar tu alma, donde no pudiera hacer daño a tu ángel. Y creíste que aquella batalla era la última de la guerra, y te dejaste volar.
Pero tu ángel un día de diciembre se fue, te dejó sus alas y voló a donde no hay maldad. Y te dejó sola con el monstruo.
La ira, el odio, el rencor, atraviesan el cristal y lo debilitan.
Tú no te das cuenta, crees que lo tienes controlado, que ya no volverá, que es pasado. Pero poco a poco empieza a arañar la superficie y a alimentarse.
Primero es un latido fuera de lugar, después un pinchacito son importancia. Más tarde descubres una pequeña grieta en tu urna por la que surgen comentarios hirientes, maliciosos. Y te sorprendes a ti misma siendo débil y egoísta.
Y ya es tarde.
Sabes que se romperá la urna y que el monstruo volverá a salir, pero no puedes reaccionar. Ya no te quedan fuerzas, las has agotado todas en tus anteriores batallas. Cuanto más ancha es la grieta, más odio la atraviesa.
Pides ayuda, y nadie te entiende. No existen los monstruos…
Hasta que un día, un fatídico día, basta un pequeño golpecito para que se rompa la urna en mil pedazos y el monstruo salga más fuerte y encolerizado que nunca. Después de años agazapado, tiene sed, y hambre, y arrasa con todo lo que encuentra a su alrededor.
Y tú ya no tienes fuerzas para luchar contra él. Además, tanto da, sólo los monstruos viven en el infierno.

25/12/2007

viernes 24 de julio de 2009

Amanecer


Les traigo algo escrito el 2002... hay que ver como cambian las cosas...
Y hay que ver como algo escrito en unas circunstancias... se puede aplicar a otras completamente distintas.
AMANECER

No sé cuando empezó todo. Recuerdo la oscuridad y el frío del comienzo. Supongo que para mí era completamente normal aquella oscuridad. Supongo que no conocía otra cosa, o quizá no lo recordaba, o quizá era lo que me merecía.
La oscuridad no estaba tan mal. Era algo acogedor y previsible, cálido y familiar. ¿ O era frío?. No sé, puede que fuera cálido y frío a la vez.
Mi monótona existencia fluía en un transcurrir de los días, cada uno igual al precedente, y copia exacta del posterior. Un día (o quizás una noche, no lo sabría distinguir), un tímido temblor sacudió mi mundo. Me resultó tan extraño, tan desazonador, que temí prestarle atención, y seguí con mi vida. Me negué a aceptar aquella distorsión en mi cómoda existencia, y la arrinconé en lo más profundo de mi ser, y seguí adelante. No sabía que aquello iba a trastornarlo todo, que me iba a convertir en algo que no era. O que temía ser. O que no había sido. O que no sería.
Pero el cambio fue inexorablemente invadiendo mi espacio. Al principio no lo noté, ocupada como estaba en no notarlo. Luego se hizo tan evidente, que tuve que prestarle algo de atención. Después de todo, aquello no estaba tan mal. Cada día, mi mundo evolucionaba con lentitud, casi sin hacerse notar. Un resplandor lo iba envolviendo de forma imperceptible, una extraña luz que inundaba los resquicios de mi monótona vida, iluminando los rincones y resaltando los relieves que no conocía, o había olvidado, o no quería recordar.

De pronto, o quizá poco a poco, me descubrí a mi misma disfrutando de esa luz, esperándola con impaciencia antes de cada amanecer.
Aprendí a aprovechar los continuos movimientos que ahora sufría mi línea vital e incluso a desearlos. No sé cuando empecé a olvidar la oscuridad y la monotonía, ni cuando aprendí a apreciar la belleza de las variaciones en la experiencia vital. Ahora los cambios me envuelven, me aprisionan y a la vez me liberan. Me angustia no saber afrontarlos, y al mismo tiempo me estimula esperar su llegada.
Y no sabría vivir si esa luz que lo envuelve todo, sin las sacudidas que distorsionan mi otrora monótono y gris paisaje. ¿Cómo pues antes disfrutaba de la oscuridad y la monotonía, pensando que era lo mejor que me podía pasar?
No lo sé, a veces ni siquiera lo recuerdo. O no quiero recordarlo. O no puedo.
¿O no debo?

martes 14 de julio de 2009

DAÑOS COLATERALES

He pensado en ir trayendo por aquí algunas cositas que estaban en Spaces, o en algunos foros.


Así aprovecharé mientras las musas se empeñan en no visitarme...


Este escrito en concreto tiene ya varios años, lo escribí durante la segunda guerra del Golfo, aunque no tiene nada que ver con aquello.


Ocurrió hace más de 30 años y es, en un gran porcentaje, autobiográfico...








Daños colaterales





A la Niña le gustaba su pueblo.
Aquellas casas blancas, de suaves muros redondeados, el rumor del mar omnipresente, las calles de arena, sin asfaltar, y el olor de la fábrica de harina de pescado, tan penetrante, que impregnaba la vida.
Recordaba haber vivido en otros pueblos, en otras casas, pero era aún demasiado pequeña para preocuparse por tanto cambio de domicilio.
Era un pueblo pequeño, casi se resumía en dos calles, y algunas tiendas de tela, en las afueras. El resto, desierto.
Decididamente, era agradable vivir allí. Podía jugar con sus muñecas en mitad de la calle, y ningún coche ruidoso y maloliente osaba expulsarla de su universo.
Es verdad que no tenía amiguitos con los que jugar, sus compañeros de la escuela eran la mayoría mayores que ella, y no querían saber nada con Niñas tontas y repelentes. Y también estaban “los otros” compañeros. En los recreos jugaban juntos, pero al salir de clase se iban a sus tiendas, en las afueras del pueblo. Nunca entendió porque no podían venir a su casa, a jugar con sus muñecas. Mamá había dicho que no podía ser, y ya estaba. Mamá era la maestra de todos los niños del pueblo, y si ella lo decía, no se podía discutir.
El día del año que más le gustaba, era el de su cumpleaños. Ese día, todos los niños se reunían en la escuela, y le traían regalos. Venían limpitos y arregladitos, y con zapatos y pantalones. Las Niñas se lavaban el pelo, se lo peinaban, y se volvían a hacer esas trencitas que Mamá no le dejaba hacerse (cogerás piojos, le decía).
La Niña se sentía como una princesa de cuento, y agradecía todos los regalos con una sonrisa, aunque se repitieran las mismas cajas de caramelos, los mismos lápices de colores, y las mimas muñecas todos los años.
Por Navidades iba a casa de su abuelita, después de un viaje tremendamente largo, de muchas horas de avión.
Su abuelita era muy buena, y le hacía regalos maravillosos, muñecas encantadas que lloraban y cajas llenas de cartas que desaparecían y varitas mágicas que se convertían en pañuelos de seda.
Pero no quería ir a la ciudad. En la ciudad estaban sus primos, y le decían cosas feas, la llamaban pequeña salvaje, y se reían de ella porque no llevaba zapatos.
Además, le daban miedo los ascensores, y los coches. La gente en la ciudad iba siempre muy deprisa, y no conocía a nadie por las calles. Y sobre todo, no se oía el mar.
Cuando en enero volvían a casa, se sentaba muy quieta en la puerta, y se dejaba bañar por la inmensa claridad del cielo, el calor de la arena, y el rumor de las olas.
Las vacaciones de verano eran la mejor época del año, porque las pasaba con la otra abuelita, las dos solas, en el campo. Esta abuelita le contaba historias maravillosas de princesas y dragones, y junto a ella el huerto era un jardín maravilloso donde las margaritas se convertían en el hogar de diminutas hadas y traviesos duendecillos.
Allí aprendía a cuidar las plantas, y las gallinas, y se asombraba de ver los enormes árboles que guardaban la casa. En su pueblo no había árboles, solamente un par de arbustos raquíticos, en la plaza de la iglesia.
La Niña era feliz, con sus libros, sus juguetes y sus animalitos, no concebía otra forma de vida que no fuera esa, no le gustaba la vida de la ciudad.
Pero un verano, cuando ya tenía ocho años, al volver a su casa, después de haber pasado el verano en la granja de la abuela, notó que algo extraño pasaba.
La escuela estaba prácticamente vacía. No estaban sus compañeros, ninguno volvió de las vacaciones. Y los otros, los de las afueras, también habían desaparecido, en la clase quedaban tan pocos, que cabían en las dos primeras filas.
Mamá y Papá estaban intranquilos, nerviosos. Papá dejó de ir a la fábrica de harina de pescado, y pasaba las horas muertas escuchando la radio.
Noche tras noche les oía discutir en voz baja, y por las mañanas se reunían con los pocos vecinos que habían vuelto después del verano, y en pequeños grupos gesticulaban y sacudían la cabeza.
Finalmente, un día Mamá le dijo que no tenía que volver a la escuela, que se quedara en casa todo el día, y que no saliera sin su permiso. Aquello la desconcertó totalmente: nunca le habían prohibido moverse a su antojo por su pequeño pueblo. ¿Qué iba a ser de sus animalitos, de sus gatos, de sus palomas, del zorrito que venía por las noches a pedir comida?
Aparecieron soldados por todas partes, recorrían las calles en coches, día y noche. Al ponerse el sol, un potente foco iluminaba el pueblo, entraba por la ventana, y no la dejaba dormir.
Poco a poco el pequeño mundo de la Niña se fue desmorronando, y empezó a sentir algo que nunca había sentido: el miedo hizo aparición en su vida.

Aquella noche empezó como las demás, el foco recorría el pueblo, y un altavoz iba diciendo algo, aunque ya casi no quedaba allí nadie para oírlo, pues la mayoría habían abandonado ya sus casas y negocios.
Mamá la mandó a su habitación, y cerró la puerta con llave. Durante toda la noche estuvo oyendo ruido, gente que entraba y salía de la casa, voces, gritos ahogados. Escondió la cabeza debajo de las mantas, y esperó.
A la mañana siguiente, vino Papá a despertarla. Vístete, le dijo, nos vamos.
Pero, ¿a dónde vamos?
No hagas preguntas y date prisa, a las nueve tenemos que estar en la playa.
Al salir de su cuarto, vio horrorizada que la casa estaba totalmente desmantelada. Lo que había sido el salón, era ahora un montón de cajas, envueltas con cinta aislante roja.
¿Nos vamos de viaje?, ¿A donde vamos? repetía persiguiendo a Papá, que iba y venía frenéticamente por la casa.
Recoge tus cosas, sólo lo que quepa en esta caja, el resto se queda.
¿Pero podré venir a buscarlas más tarde?
Te he dicho que no, solo lo que quepa en esta caja, y date prisa, que a las nueve nos vamos.
¿Cómo recoger su corta vida en una caja?, ¿y sus muñecas, sus libros, su ropa?
¿Y sus animales?? Salió corriendo hacia el patio, y allí estaban, sus dos gatos esperando el desayuno. Sin pensárselo dos veces, los cogió, y los metió en la caja, entre sus libros y sus muñecas.
Entonces apareció Mamá, con los ojos enrojecidos.
Por fin Mamá, dime que pasa, ¿a donde nos vamos?
Volvemos a casa, cariño, esto ya no es seguro.
Pero, ¿cómo que a casa? ESTA es mi casa.
No, cielo, esta ya no es nuestra casa, ni este es nuestro pueblo, ha dejado de ser nuestro país, nos vamos.
La Niña no entendía nada, pero una única idea le martilleaba en su cabeza.
Mamá, dijo tímidamente, ¿donde meto a mis gatos?
Lo siento, pero los gatos se quedan. Ahora vendrá un soldado, y se los llevará, con los demás gatos y perros del pueblo. Allí donde vamos no se admiten animales.
Entonces lo recordó: ya había venido una vez un soldado a por los gatos y perros, fue durante la epidemia de rabia. Se los llevó al desierto, y no los volvieron a ver. Lo último que supo de su perro fueron dos pequeñas explosiones, a lo lejos. No estaba dispuesta a que volviera a ocurrir, así que cogió a sus pequeñines, y salió por la puerta trasera de la casa. Con ellos fue hasta las afueras, hasta la zona de las tiendas, donde nunca le habían dejado ir sola.
Allí también había mucho movimiento, camellos y camionetas estaban cargados hasta arriba, y la mayoría de las tiendas, estaban ya desmanteladas. Encontró a uno de los niños que iba a su clase, y le preguntó si se quería quedar con sus gatos. El niño le contestó que ellos también se iban, pero de todas formas, los metió en un saco y lo tiró dentro de una desvencijada camioneta. Siempre va bien tener a raya a las ratas de desierto, dijo.
La Niña regresó a casa, atravesando el pueblo, sin mirar a su alrededor. Cuando llegó, todo estaba dentro del coche, y Papá y Mamá la esperaban impacientes. Mientras se dirigían a la playa, volvió la vista atrás, y vio como los habitantes de las afueras entraban en su casa, y en las de sus vecinos, y se llevaban todo lo que no había sido empaquetado y cargado. Vio Niñas con sus ropas, alguien sacaba su cama por la ventana, y entre dos mujeres, cargaban con sus sábanas, y sus mantas.
La Niña lloraba, pensando en sus gatos, en sus palomas, en su zorrito. ¿Quien le daría de comer esa noche a su zorrito?
Cuando llegaron a la playa, el barco más enorme que había visto en su vida, les esperaba en la orilla, una amenazadora barcaza gris con una plataforma que llegaba hasta la arena. En su interior albergaba coches, tanques, paquetes, cañones, ametralladoras, en un caos desconcertante. Los pocos habitantes del pueblo que todavía no se habían ido, cargaban sus cosas sobre la plataforma.
Papá entró dentro, con coche y todo, y después entraron ella y Mamá.
El último de los soldados subió a bordo, llevaba en un pequeño paquete la bandera roja y amarilla que siempre había estado en el ayuntamiento. Entonces una atronadora sirena les hirió a todos en los oídos, y se alejaron de la playa.
Era un día frío de otoño, y el mar estaba muy encrespado. Mientras se alejaban de la costa empezaron a verlos. Pequeños grupos de aviones sobrevolaban el pueblo y las explosiones se estuvieron oyendo hasta la puesta de sol Les dieron ordenes de no levantarse ni moverse, pero aquella enorme barcaza daba tremendos bandazos, todo estaba lleno de cajas, bolsas y paquetes que rodaban hacia todas direcciones, gente asustada, y muchos soldados.
Al llegar a alta mar, ya de noche, les explicaron que cambiarían de transporte, pues aquel que les había recogido sólo servía para carga.
Pero se había desatado una tormenta, los dos barcos subían y bajaban,.chocaban entre sí formando un estruendo muy desagradable, y la gente gritaba de terror.
Papá fue el primero en saltar los dos metros que separaban las cubiertas, después de un soldado, y empezaron a pasar a los demás.
Durante dos horas interminables fueron pasando uno a uno. Llovía, hacía frío, y estaban completamente a oscuras. Mamá estaba paralizada, y la tuvieron que tirar, literalmente, de un barco a otro.
A la Niña la alzó alguien en brazos, y la lanzó por una ventana, donde la recogieron los brazos de Papá.
El día había sido demasiado duro, y estaba cansada, dolorida y asustada, así que, cuando la llevaron a un camarote y la metieron en la cama, se quedó dormida inmediatamente.
A la mañana siguiente, la tempestad ya había pasado. La Niña salió a la cubierta, para averiguar donde se encontraba.
Cuando salió, el espectáculo, la dejó sin habla. Lucía un sol espléndido y estaba en un ferry de pasajeros completamente rodeado por barcos de guerra. A lo lejos, se veía la costa de su pueblo.
La Niña pensó... ¿Dónde estarán mis gatos?



viernes 10 de julio de 2009

Quizá mañana...




Hola a todos.Me cuesta un poco escribir, estoy muy poco "creativa"Les agradezco a todos que se pasen por aquí.
La realidad es que el peligro no pasó ni pasará...


Además del bebé, tengo un incómodo "inquilino" que ocupa un espacio que no le corresponde, que crece cada día, y al que no pueden extirpar mientras el bebe esté dentro, porque comparten el "nido".No es maligno (sólo me faltaba eso), pero provoca hemorragias y empuja al feto, y me duele...


Una vez pasado el peligro inminente, las soluciones eran, o la que al final no tuve que tomar, o quedarme en cama hasta diciembre y rezar porque todo acabe bien...


Sé que lo superaré, y sé que me acostumbraré al dolor y a no moverme, con algunas visitas rápidas a urgencias...
Pero ahora mismo tengo la cabeza vacía y no me apetece escribir.


Quizá mañana...




Por cierto, aunque no me lo quieren decir con seguridad para que no me haga ilusiones, parece ser... que es niña...

viernes 3 de julio de 2009

Decisiones


¿Por qué hacemos lo que hacemos?
Hace unos días tuve un problema de salud, digamos… peligroso.
Nos fuimos a urgencias inmediatamente. Servidora ha llegado a ser bastante expeditiva en según que cosas. Si te encuentras mal no esperas a ver que pasa, a ver si se va solo, a ver si….
Si te encuentras razonablemente mal vas al médico y punto.
Pero este razonamiento funciona cuando llegas al médico, te examina y te dice: Tiene usted esto, eso o lo otro. Vamos a hacer esto, eso o lo otro. Usted tiene que hacer esto, eso o lo otro y se curará.
Esto es lo que esperamos cuando vamos al médico.

Pero a veces no es eso lo que ocurre.
A veces te dicen:
Pues resulta que tiene usted dos opciones:
La opción A es horrible
La opción B es horrible.
Elija.

Hace varios años me encontré en esa situación. Tuve media hora para decidir entre dos opciones horribles. Ambas acababan con la muerte de mi padre, pero de distintas maneras. Mi padre no paso de aquella noche.

Poco después volvió a ocurrir. Pero en este caso mejoró la situación, ya que la decisión la pude tomar con varios años de antelación.

A los cinco años murió mi madre, espero que en paz.

Hace unos días volví a estar en una situación parecida.

Decidir sobre la vida de otra persona es una situación en la que nadie se debería encontrar. No es justo, no es fácil y deja una huella profunda. El resto de tu vida te planteas si hiciste bien o mal.

Pero decidir entre tu vida y la de otra persona, es simplemente demencial.

Esta vez fue ligeramente distinto, me encontré con que posiblemente tendría que decidir entre mi vida y la del ser que llevo dentro. Y como aquella primera vez con mi padre, me advirtieron de que no tendría mucho tiempo para decidir.
Mientras él (o ella) se estiraba y se metía sus manitas en la boca a través de la pantalla del ecógrafo, un médico me informaba de que mi vida corría peligro y de que si en unas horas no se estabilizaba, tendría que decidir interrumpir el embarazo. Así, tal cual, como quien decide si se quita una muela o la empasta.

¿Qué hace uno en esa situación?
¿Cuál es el motivo que nos impulsa a hacer las cosas?
Sinceramente no lo sé.
Y no sé lo que hubiera decidido en el caso de haberlo tenido que hacer.
Gracias a Dios y a la técnica, en unas cuantas horas el peligro pasó y no tuve que tomar ninguna decisión.

Y todos estos días de obligada reclusión me he seguido preguntando qué es lo que hubiera hecho. Y creo que nunca lo sabré.
Pero hay algo que sí que sé, y es que yo no quiero decidir eso. Y que nadie debería verse en la situación de decidir.

Y eso es lo que he aprendido…

miércoles 13 de mayo de 2009

De vez en cuando la vida

¿Recuerdan?, este fue el título de mi última entrada antes del "cuento por capítulos", hace ya un mes.
En este tiempo no les he visitado, y tampoco he comentado ni escrito nada.
En este tiempo he estado "interiorizando".
Verán, yo siempre he pensado que la vida es como una partida de cartas. Las cartas que nos reparten no se pueden cambiar, está en nosotros saberlas utilizar con inteligencia y corazón.
También podemos descartar las que no nos interesan, pero es que además durante toda la vida nos siguen repartiendo una y otra vez.
Así, cuando piensas que ya tienes la jugada perfecta, resulta que te quedas con las más feas y vuelta a empezar.
Aunque tambien puede ocurrir que cuando ya das la partida por perdida, te aparece el as de corazones y haces poker.
Yo nunca fui una jugadora conservadora, nunca me quedé esperando a ver cuales cartas me daban, la robaba directamente del mazo. Y tampoco he tenido el más mínimo problema en descartar las que no me han interesado.
Así, mi particular partida ha sido bastante "movidita".
He hecho grandes amigos y grandes enemigos.
He tenido espectaculares éxitos y sonoros fracasos.
He ganado, perdido, sufrido y disfrutado como el que más.
Y últimamente ya me estaba empezando a apetecer algo más tranquilo, una vida más relajada.
Poder hacer planes a largo plazo, vivir la vida de otra manera, dejar de cambiar de mar cada pocos años, vivir en la misma casa, en el mismo barrio del mismo pueblo y con el mismo trabajo.
Pues hace un mes tuve algunos problemas de salud, nada serio. Algo similar a otras veces ( o eso pensaba yo).
Y cuando ya me preparé para afrontar una enfermedad... resultó que no estoy enferma.
A la edad en que esperábamos ser abuelos, resulta que vamos a ser padres.

Y llevo todo un mes intentando asimilarlo.


Asimilar que todos los planes que habíamos hecho para cuando la niña por fin se pudiera independizar ahora tendrán que cambiar (vean mi entrada AMADIP )


Asimilar que volvemos a empezar, más mayores, más cansados, aunque quizá también con más experiencia y más seguridad.




Y, bueno, aquí estamos, mirando de cambiar el despacho por un dormitorio, y mirando de ponerle barandilla a la escalera, y mirando de.... no sé, supongo que hay muchas cosas que mirar.




Y eso es todo (por decir algo, en realidad sólo es el principio)

Es curioso como todo cambia. En esta foto parece que estoy sola, pero en realidad iba alguien conmigo, mi as de corazones...



Y ahora que ya lo saben, me voy a visitarles a sus casitas, que les tengo a todos muy abandonados.