sábado 7 de enero de 2012

El padrí Pep



Pep.
Así te llamaba todo el mundo.
Así le diremos a Nuria que se llamaba su abuelo.
Es curioso, porque mi abuelo también se llamaba simplemente Pepe.
Se supone que la manera con la que te llama la gente da idea del respeto que se te tiene, y que el "don", el "señor" y los tratamientos rimbombantes indican el nivel de importancia del que los lleva.
Pero cuando una persona se presenta: "hola soy Pep", da una idea de la imagen que tiene de sí mismo. Y evidentemente, de que no necesita adornos en su nombre.
Hay personas que dejan una profunda huella en su paso por este mundo, tanto por sus obras, como por su influencia en los que les rodean. Y para eso, a veces, basta con... llamarse Pep.
Querido suegro, tú yo sabemos que te voy a echar mucho de menos. Tú y yo sabemos porqué.




Adios, padrí Pep, y gracias por todo.

domingo 1 de enero de 2012

Feliz 2012



Pssst... hola... Soy Brandy...
Mi dueña se ha quedado dormida. Poco aguante que tiene la pobre, desde luego no es un gato.
Que vengo a decirles... que como no me esperaba yo poder celebrar este nuevo año, y mucho menos celebrarlo en mi casita de Mallorca, pues esta entrada la hago yo, aquí, sentadito delante de la estufa.
Fuera están con los petardos y el ruido.
Pero aquí dentro se está muy bien.
A mí es que eso de las uvas no me va... prefiero un buen platito de pienso.
Ay, que ya empiezan las campanadas... me voy a despertarla...


FELIZ AÑO 2012

jueves 22 de diciembre de 2011

El árbol pintado (reedición)



Este año, con mi nena empezando a vivir la navidad (las dos anteriores era demasiado pequeña) he recordado mis navidades de niña. Eran mágicas, especiales...
Hace un par de años que escribí este cuento. Trata de unas navidades especiales...


EL ÁRBOL PINTADO



Lo cuento como lo recuerdo.
Cuando era pequeña, los Reyes Magos venían puntualmente cada 6 de enero a mi casa, y me dejaban algunas cositas que mi madre se aseguraba de puntualizar:

- Esto es de parte de tu abuela, aquello de tu otra abuela, lo de más allá te lo encargué yo… -

En mi pequeño pueblo éramos muy pocos niños europeos, quizá diez o doce, así que los Reyes Magos tenían más bien poco trabajo.
Un año llegó a vivir una niña, hija del médico. Tenía una extraña enfermedad en la sangre, no coagulaba bien y una pequeña herida la podía matar. Nunca salía de su casa ni para ir a la escuela. Como éramos sólo tres niñas de mi edad, nos llevaban a su casa a hacerle compañía, y jugábamos sentaditas en una mesa sin hacernos daño.

Esta niña tenía una bonita casa y me gustaba mucho ir. Disfrutaba de una habitación llena de juguetes y un armario lleno de ropa lindísima.
La primera navidad que pasó en nuestro pueblo fuimos a visitarla y nos enseñó orgullosa una extravagancia: un árbol de navidad, un hermoso abeto natural adornado con bolitas, espumillón y luces parpadeantes, rodeado de cajitas envueltas en papel de regalo y lacitos de colores.
Aquello era nuevo, una costumbre extranjera que ninguna conocíamos, y nos dejó extasiadas.
Claro que cuando llegué a casa empecé con mi cantinela:
- Natalia tiene un árbol de navidad…-
- Papá, yo también quiero uno, por favor…-
Imagínense: encontrar un árbol de navidad en mitad del desierto del Sáhara… una extravagancia, por demás cara…

Bueno, no es porqué yo lo diga, pero era una niña muy comprensiva, y después de dar un poco de lata a mi pobre padre, olvidé el árbol de mi amiguita y me dediqué a vigilar mi “niño Jesús”, que colocado en la mesita del salón, era el lugar donde los Reyes Magos me dejaban mis regalos cada 6 de enero.

Al año siguiente, como siempre llegó la navidad y sacamos nuestro niñito Jesús, que dormía en su cajita. Mi madre y yo lo colocamos en la mesita del salón y empezamos la cuenta atrás hasta el día de Reyes.

Pero mi padre nos tenía una sorpresa. Cuando ya estaba la casa preciosa con sus lacitos y guirnaldas, me hizo cerrar los ojos y salió de la habitación.
Cuando los abrí, un hermoso árbol de navidad estaba en medio del salón.
No era como el de mi amiga. Este tenía un tronco liso y verde brillante, y en vez de hojas tenía sus ramitas envueltas de tiras de rafia de colores. Estaba adornado con bolitas blancas, rojas, azules y amarillas, y tenía pequeñas cajitas colgando de las ramas más grandes.
Aquel árbol era el más bonito del mundo, y mi padre se llevó el abrazo más grande del universo. ¡Me había traído mi árbol!

Me fui corriendo a casa de mi amiga, a contárselo.

Le dije que mi árbol era tan bonito, que mi padre era el mejor padre del mundo, y que ese año a mí también me dejarían regalos el 25 de diciembre, como a ella.
Su árbol era todavía más grande que el del año anterior, y tenía todavía más luces y adornos.
Pero este año yo también tenía el mío.
Fueron unas navidades estupendas. Yo le contaba cosas de la escuela, y de los juegos de la calle, y ella me dejaba jugar con sus muñecas, sus cocinitas y sus peluches, y me dejaba probarme aquella ropa tan linda, que no se le llegaba a estropear nunca de tan poco que la usaba.

El día de Navidad, como el año anterior, fuimos las amiguitas a su casa a ver los regalos y nos encontramos con una sorpresa: estaba vestida para salir a la calle. Su abuelita había venido a pasar las navidades con ellos y la iba a sacar de paseo, por primera vez en meses.
Con mucho cuidado para que no se dañara, salimos todas a la calle y fuimos de casa en casa viendo los regalos. A mí me tocó ser la última.

Cuando llegamos a casa, mi amiga, su abuela, las otras niñas y yo, fui corriendo a enseñarles mi árbol y mis regalos.
Y entonces mi amiga se volvió a su abuela y dijo:
- Tata, ¿ese árbol no es el que papá tiró a la basura porque se le cayeron todas las hojas y murió? Parece el mismo pero está pintado de verde-
Y, entonces, la abuela, agachándose para que mi madre no la oyera, le dijo:
- Cariño, los pobres no pueden comprar árboles, por eso tu papá se lo dio al papá de tu amiga. -

Y en aquel momento mi precioso árbol se convirtió en lo que realmente era: un abeto muerto, pintado de verde y forrado con papel.

Aquella noche lloré mucho.
Aquella señora estúpida había dicho que éramos pobres.
Yo no era pobre, los pobres no tienen comida y yo tenía comida.
Pero mi árbol era un árbol muerto y feo, ya no lo quería.
Al día siguiente le dije a mi mamá que tirara aquel árbol a la basura, que era un árbol de pobres.
Y mi mamá me dijo que eso no era verdad. Que los pobres eran ellos, porque aquella niña estaba enferma, la pobre no podía jugar, ni ir a la escuela, ni tener amiguitos, y la consolaban con juguetes y dinero.
Nosotros éramos ricos porque teníamos muchos amigos y gente que nos quería. Y yo era la niña más rica del mundo, porque tenía un papá que podía resucitar a un abeto muerto y convertirlo en un precioso árbol de navidad.

No recuerdo el resto. Mi amiga se fue con su abuela y por alguna razón nunca más me volvieron a llevar a su casa.
Después se fue del pueblo y ya no la vi más. Creo que su enfermedad se agravó y se la llevaron a España.

Aquel abeto pintado fue nuestro árbol de navidad durante varios años, hasta que fuimos a vivir a España y pudimos comprar un "verdadero árbol de navidad de plástico".
Si les digo la verdad, lo eché de menos…


P.D: el árbol del principio es lo que queda de nuestro árbol de este año... Nuria no ha dejado bola entera...

jueves 15 de diciembre de 2011

Un bonito Regalo de Navidad.

Esta Neo, nos ha sorprendido con un precioso regalo, precioso y muy trabajado.
Una hermosa tarjeta de Navidad con todos sus amigos 
Me encanta ver todas esas caras, acostumbrada a leer sus letras durante tantos años.
Precioso, realmente precioso.
¿Ya dije que es precioso??????







lunes 5 de diciembre de 2011

Juegos malabares




Ahora imagínate que te levantas por la mañana para ir a trabajar.
Te vistes, te peinas, te arreglas un poco, te pones la cara de mujer seria, competente y decidida y te pones al volante.
Llegas al trabajo, enciendes el ordenador, consultas tu agenda y te preparas para recibir la primera cita de la semana.
A la hora convenida llega el señor X con su carpeta de documentos, toma asiento y empieza a solicitar tus extensos conocimientos sobre el tema.
Tú le revisas su contabilidad, le asesoras sobre los presupuestos que ha pedido, le explicas las ventajas e inconvenientes de la opción que ha elegido y…
Y entonces suena el teléfono. Ves el número de casa, te disculpas con este señor por interrumpir la conversación y lo coges. Es el canguro, que te pregunta dónde has dejado los pañales de la niña. Se lo dices, le pides que le dé la medicación que está sobre la mesa de la cocina y que coja el biberón que le has dejado dentro del microondas.
Y con una sonrisita de disculpa vuelves a tu trabajo.
Ya tienes la mesa llena con declaraciones de la renta, recibos de Seguridad Social, facturas, presupuestos, planos…
Ha llegado el momento de empezar a hacer el estudio económico de viabilidad, de jugar con los números, ingresos, gastos, hectáreas, cultivos… este señor confía en ti para que le digas si le negocio que quiere iniciar merece o no la pena.
Y vuelve a sonar el teléfono…
Esta vez no te disculpas… te limitas a sonreir tímidamente y descolgar.
El canguro te informa de que tu hija no ha querido fruta ni galletas, pero sí se ha tomado el biberón. Que todavía tose un poco pero ya no tiene fiebre, que está muy contenta jugando por la casa  y pregunta si la puede sacar a dar un paseo.
Le explicas que en el armario del dormitorio están los gorros y las bufandas, que la abrigue bien y no la lleve por la calle de la iglesia, que tiene mucha corriente. Y que te llame cuando vuelvan, que le has dejado a ella una tortilla y a él una pizza.
De vuelta al estudio económico, ha costado un poco cuadrarlo, pero al final este señor decide que sí que merece la pena y que quiere hacer las solicitudes oportunas.
Vuelta al ordenador, a rellenar los impresos, a poner en limpio todos los cálculos que has hecho, hacer fotocopias, compulsar documentos, asegurarte de que no hay errores en las sumas…
Cuando suena por tercera vez el teléfono, este buen señor  ya sabe que tienes una nena pequeña, que tiene gripe, que no ha ido a la escuela, que has tenido que dejarla con su hermano mayor, que es la primera vez que lo haces y que estás un poco nerviosa…
Han vuelto sin novedad del paseo, han comido y están en el sofá a punto de hacer una siesta.
Terminas de rellenar los impresos, los firma, los registras de entrada, le das su copia y le deseas buen día.
Y tú has pasado media mañana con media cabeza con tu nena pequeña y la otra media haciendo cuentas…
Un día de estos… Probablemente meterás el gasto de pañales en el estudio económico, en vez de una relación de cultivos contarás purés y tortillas, y cuando tu pequeña hija quiera ir a jugar  al parque, le pedirás una solicitud compulsada y por triplicado.
Ay señor…

martes 29 de noviembre de 2011

Mi señorita

Estaba yo hoy revisando mis escritos inconclusos, que alguno tengo.
Y me encontré con este. No es que esté sin terminar, de hecho hace ya mucho tiempo que lo escribí (nueve años, hay que ver como pasa el tiempo...), pero siempre me pareció que no era para publicarlo...
Fue de esas cosas que escribes de un tirón, casi como un impulso de soltar algo que se te ha quedado dentro y te duele. Y luego cuando lo lees, te duele aún más y lo guardas a buen recaudo sin revisar ni corregir ni nada.


Está tal cual lo escribí, y como quizá ya se han dado cuenta... no me gusta modificar las cosas que hago, así que tal cual lo copio.





Hoy quiero contar algo que me pasó ayer.
Salí por la mañana a la farmacia, a comprar algunas cosa que necesitaba.
Estaba yo en el mostrador, charlando con los mancebos. Son conocidos de toda la vida, de estas personas que han conocido a tus padres, y a tus abuelos, y que te tratan siempre con cariño, por lo que siempre me quedo un poquitín comentando esas tonterías que nos hacen mantener el contacto con los antiguos conocidos.
Entonces entró una anciana, con un montón de recetas, y algo garabateado en un papel.
Llevaba el pelo largo, teñido de un pelirrojo escandaloso y recogido en un moño bajo. Iba encogida, con le espalda encorvada, pero vestida de colores vivos, con una de esas blusas de hombros descubiertos que se usan ahora, y una faldita que le dejaba ver las rodillas. La verdad es que se veia bastante estrafalaria.
Supongo que la estaba mirando de una forma bastante descarada, porque elevó la vista lo que su encorvada espalda le permitía, y me miró a los ojos.
¿Yo te conozco?- me dijo.-
El corazón me dió un vuelco.
-Claro, señorita. ¿Porque es usted, verdad?
-Déjame que piense. Claro que te recuerdo. Te siguen gustando los animales???
Ah, ya veo, llevas un bonito perro. ¿conseguiste estudiar veterinaria? me alegro, siempre fuiste muy cabezota. Mira que tu madre decía que se te iba a pasar.
-Pero señorita, si hace más de veinte años de eso, ¿ como se puede acordar?
Me dió clase, a ver que recuerde... ¿en octavo, no?

Todavía la recuerdo, alta, pelirroja, siempre dando la nota. Por aquella época llamaba la atención por donde pasaba. Era a finales de los setenta, y fue un shock en nuestras vidas aquella profesora de inglés que enseñaba las piernas en clase, que llevaba unos escotes escandalosos y no seguía ninguna de las normas.
Me preguntó por mi vida, por mis padres, y yo seguía alucinando con que me recordara tan bien.
Luego me pidió un favor.
-¿Te importa acercarte conmigo al cajero? tengo que sacar dinero, y no sé como se hace.
La chica que viene a casa me ha prestado algo, pero ya no le puedo pedir más, de hecho tengo que pagarle, y no he encontrado a nadie que me ayude con el cajero. Hoy es sábado y no abren los bancos. En este papel tengo apuntado como se hace, pero ya sabes que soy hipermétrope (siempre le gustó usar palabras esdrújulas) y no lo leo bien. Tendría que ir al oculista, ya lo sé pero es que las gafas no me sientan nada bien.
Aunque tenía prisa por volver a casa, la acompañé al cajero, a ver si podíamos sacar dinero.
Después de intentarlo en varios, y dar vueltas durante una hora por el barrio, al paso cansino de aquella anciana, comprendí que en su cuenta no había nada, y que no iba a poder sacar aquel dinero que le debía a la chica que le limpiaba.
- Señorita, los cajeros no van muy bien hoy, ¿ porqué no se espera al lunes y va a su banco?, a ver si le pueden atender, si quiere yo le dejo algo hasta el lunes.
- No te preocupes, mi niña, si yo no gasto nada, ya iré el lunes a hablar con ese chico tan amable que me apuntó estos numeritos, seguro que se equivocó al apuntar, y por eso no me dan el dinero.
- Pero señorita, si no es molestia, vamos a mi cajero y le dejo los 120 euros que iba a sacar, otro día me los devuelve.
- No, acabo de recordar que tenía algo muy importante que hacer, gracias por tu compañía, y dale recuerdos a tu madre de mi parte. Como vamos a la misma farmacia ya nos volveremos a ver. Un beso.
Y se fue renqueando calle arriba, con su moño pelirrojo y su  blusita mejicana.
Y yo me quedé en la esquina, con mi perro, sin saber que hacer.

Aquella mujer imponente y con un carácter que hacía temblar los muros del colegio es ahora una ancianita estrafalaria que no tiene a nadie y le tiene que pedir dinero prestado a la chica que la atiende.
No sé si es justo o no, quizá ella misma eligió su estilo de vida, pero aún tengo esa imagen en la cabeza.

14/09/2002


PD: la foto la he encontrado en Internet... además de todo esa era una buena escritora que se pagaba la edición de sus propios libros...
PD2: al final sí que lo he cambiado... he quitado su nombre de pila. Tonterías que tiene una, ya pensé la primera vez que quizá no le gustaría verse como yo la vi...

martes 15 de noviembre de 2011

Lo prometido es deuda

Esto lo escribí hace exactamente un año:

"Algún día de estos les contaré que mi nena, que por cierto mañana cumple un añito, está en este mundo porque mi mamá tenía Alzheimer…"

Y me parece que hoy es un día tan bueno como cualquier otro para cumplir mi promesa.
Ya saben, el comentario iba a cuento de que en este mundo las cosas que nos pasan suelen tener mucho que ver unas con otras, y la mayoría de las veces sucesos muy diferentes acaban estando relacionados entre sí.

Nuria cumplió ayer dos añitos. Esta entrada se tenía que haber publicado ayer, pero estuvimos bastante ocupados en casa y no pude ni acercarme al ordenador...

Y ahora viene la relación entre mi madre y mi hija.

Aquí su segura servidora, hace unos 20 años tenía su vida bastante encarrilada.
Había acabado mi carrera, estaba montando un negocio, me había comprado un pisito y tenía  eso que se dice ahora "pareja formal" y que antes era un novio para casarse...

Pero, claro, el hombre propone, Dios dispone y la mujer todo lo descompone, que decía mi padre...

Con el paso de los años, la pareja pasó a ser muy "informal", el negocio empezó a comerse más parte de mi vida de lo que yo estaba dispuesta a afrontar y, sobre todo, mi madre enfermó de alzheimer.

Cuando esta enfermedad entra en tu vida todo se tambalea. Te planteas las cosas desde un punto de vista completamente distinto, y tus prioridades cambian de sitio más deprisa que un montón de abejas enfadadas.
Cuando vi como mi madre, después de toda una vida de trabajo, perdía sus últimos años de vida en un mundo aparte y aislado... decidí que no iba yo por buen camino. Y cuando uno va por mal camino, lo más sensato es ir por otro, ¿no?

Así que mandé a la porra al negocio, al piso y al "informal" (bueno, para ser más exactos, éste me evitó el trabajo y se mandó a la porra solito), reuní todos mis ahorros, dejé de trabajar y me dediqué a cuidar a mi madre.

Hasta aquí todo muy bonito...

Pues no, en realidad no es nada bonito. Si te has pasado media vida trabajando, de repente quedarte en casa todo el día sin más ocupación que vigilar que tu mamá no se beba la colonia o se acueste en la bañera, puede llegar a ser bastante frustrante.
Y como me sobraba tiempo y energías... me dediqué a estudiar.
Estudié inglés, y francés, y informática, y preparé oposiciones... Todo eso sin salir de casa y vigilando a mamá con el rabillo del ojo.

Y entonces, una sucesión de afortunados incidentes me hizo conocer a un chico que estaba, poco más o menos, tan absorto como yo en sus cosas.

Y mira por donde, a pesar del poco tiempo que le dedicaba yo a las relaciones sociales por aquella época, salí a la calle. Básicamente para enseñarle a mi nuevo amigo mi preciosa isla de Gran Canaria.

Y... como no... pues él me devolvió el favor y me enseñó su preciosa isla de Mallorca... (aquí sí que tuve que salir a la calle, jejeje, y hasta coger un avión...).

Y... oh casualidad... de entre todas las oposiciones a las que me había presentado... me llamaron de una.
Que curiosamente (y esto ya sí que forma parte de las casualidades incomprensibles e inexplicables) era para una plaza en su isla y en su pueblo. Con lo grande que es España...

Y entonces... pues a pesar que que servidora no sabía decir en mallorquín más que "adeu", cogí un barco...
Creo que el resto de la historia ya la saben.
Ahora tengo una preciosa hija medio canaria, medio mallorquina, que ayer cumplió dos añitos.

Y que está en este mundo porque su mamá un día decidió dejarlo todo para cuidar a la abuela, que tenía alzheimer.

¿O no?....