miércoles, 29 de abril de 2009

Los dos soles (4)

-¿Dónde?, ¿dónde está la anciana?
Selina, que hasta ese momento había estado silenciosamente oyendo el relato del extranjero, se levantó y señaló hacia la ventana.
-¿Ves ese enorme árbol que cobija nuestro pueblo? Pues en su interior vive la Anciana. Nadie sabe que edad tiene, ni ella misma lo recuerda. Todos la llamamos la Anciana, y es la más antigua integrante del consejo de ancianos de nuestro país.
-Llévame hasta ella, imploró Olayo. Ella tiene las respuestas que necesito.
-Eso no puede ser, extranjero, respondió el hermano mayor. En esta estación se reúnen todos los consejos de ancianos de nuestro mundo. Acuden de los valles y de las montañas, de las heladas tierras del norte, y de los ardientes desiertos del otro lado del mar. Viajan durante semanas, para poner en común la sabiduría que acumulan durante diez años. El lugar de reunión es secreto, sólo ellos lo conocen, y se transmite de generación en generación.
Aún pasarán muchos días y noches hasta que regrese. Por tanto, tendrás que esperarla aquí. Yo necesito ayuda en mi trabajo, si quieres puedes quedarte entre nosotros.
Una luz apareció en el fondo de las pupilas de Selina. El extranjero la había impresionado profundamente, y la expectativa de tenerle en su hogar durante varios meses le parecía emocionante. Esperó con ansiedad su respuesta.
-No puede ser, después de todo lo que he viajado, no puede ser que tenga que quedarme aquí sin hacer nada.
La voz de Olayo se volvió a quebrar un momento, pero inmediatamente recobró su aplomo.
-Pero, si no hay otra opción, aceptaré gustoso tu ofrecimiento, y ayudaré en lo posible a tu pequeña familia.
Olayo se instaló provisionalmente en la estancia central, y rápidamente puso manos a la obra de levantar una habitación para él y para su caballo, ayudado por Yannu, que era un leñador y carpintero excelente.
Aquella noche, sin embargo, decidió dormir al raso, bajo la luz de las estrellas. Dio comida y bebida a Alí, y le dejó libre para que estirara un poco las patas. No había visto caballos en el pueblo, aunque sí unos animales parecidos a vacas sin cuernos, que eran usados como carga, y fuente de leche. Por lo visto, en aquel mundo se comía poca carne, y solamente en ocasiones muy especiales. Lo comprendió cuando le explicaron que no tenían grandes animales de abasto, y que solamente cazaban pequeños animalillos, para complementar una dieta basada en frutas, verduras, y una especie de pan hecho con harina de tubérculos.
Se sentó delante de la casa y sacó el diario de a bordo, que había llevado consigo, y que le había servido de confidente en el ya largo año que llevaba en el nuevo mundo. Encendió una lumbre, y se dispuso a plasmar allí sus pensamientos, cuando oyó un crujido.
En el círculo de luz, vio aparecer a Selina, que se acercó tímidamente.
-¿Qué son esos dibujos que haces, extranjero? Y ¿qué extraño objeto es ese que tienes en tus rodillas?
-¿No sabes lo que son los libros?
-Libro… extraña palabra, no la conocía. ¿Para que sirve?
-Pues sirve para guardar las experiencias, los pensamientos, los conocimientos. En este libro anoto todo lo que me ha sucedido desde que salí de mi país. Yo era el encargado de llevar el diario de a bordo, pues era el único que sabía leer y escribir en el barco. Cuando llegué a esta tierra, decidí seguir llevando la cuenta exacta de todos los acontecimientos, para que nada se me pudiera olvidar. Lo que tu llamas dibujos, son letras, que juntas forman las palabras con las que hablamos.
Selina, si no tenéis libros, ¿Cómo aprendéis?
-Pues los ancianos se ocupan de eso. Ellos tienen la sabiduría, y nos la transmiten mientras somos pequeños. Ellos deciden que es lo que debe saber cada uno, y cuando sabe bastante. Yo aprendí a cuidar de la casa, a cocinar y a arreglar ropas. También me enseñaron a cultivar los alimentos, y el uso de las hierbas medicinales. Mi educación ya está completa, según la Anciana, ya soy adulta (esto último, lo dijo con un inconfundible toque de orgullo en su voz).
Yannu es carpintero, aprendió todo lo necesario sobre los diferentes tipos de madera y sus tratamientos. Es el mejor carpintero del pueblo, y todos aprecian su trabajo. Cuando tiene tiempo, hace pequeñas tallas en madera, que cambia por frutas o carne, o algún regalo para mí.
En eso, se abrió la puerta de la casa, y la chica desapareció igual que había llegado, con un leve crujido.
Al día siguiente, Olayo se cambió sus ropas de viaje por otras que le prestaron, y salió al bosque a por madera, con su nuevo amigo.
El tiempo fue pasando, y los días se convirtieron en semanas. Poco a poco, fue conociendo al resto del pueblo, y aprendiendo cosas de sus costumbres. En aquel pueblo no existía el dinero. Todos hacían su trabajo, y lo intercambiaban por las cosas que necesitaban para vivir. Según le contaron, todo el país estaba formado por pequeños pueblos como aquel, cada uno con un Anciano, que a la vez ostentaba el poder y se encargaba de transmitir los conocimientos. En su vocabulario, palabras como guerra o lucha, no existían, nadie había oído nunca hablar de un enfrentamiento entre pueblos, y las pequeñas disputas se solucionaban con la intervención del Anciano.
No entendieron cuando les explicó que su pueblo había sido expulsado de sus casas, y que él había tenido que emigrar, para salvar su vida. Y los aparatos de navegación que llevaba consigo, les parecían mágicos.
Al ocaso, Selina le acompañaba, y escuchaba embelesada las historias de sus viajes. La pequeña, había dejado de ser tan pequeña, y se había convertido en una hermosa jovencita.
Yannu también le escuchaba, pero con una expresión entre inquisitiva y incrédula. Aquel carpintero parecía tener más inquietudes que sus paisanos, incluso pidió aprender su lengua, para poder entender las anotaciones de aquel libro. La idea de una sabiduría plasmada para siempre, le pareció tan útil, que no la quiso desaprovechar.
Un día, al cabo de muchas semanas, de repente, un alboroto despertó a Olayo, antes del alba.
¡La Anciana, ha vuelto la anciana…!
Por fin.
Ya llevaba un año en aquel poblado, y les había tomado cariño, a su forma de vida tranquila y sin sobresaltos, y especialmente a Selina…
Pero no podía olvidar lo que le había llevado hasta allí, y rápidamente se vistió y salió por la puerta. Allí le estaban ya esperando los hermanos, y los tres se dirigieron a la base del enorme árbol, que servía de protección para el poblado.
Cuando llegaron, una mujer de edad indefinible les esperaba en la entrada, rodeada de la mayor parte de los habitantes de la región. Como es costumbre, debería darles a conocer las nuevas de la reunión, enseñarles los nuevos objetos que traía de lejanos países, y compartir con ellos los adelantos que había experimentado el mundo en aquellos diez años.
Pero, en vez de eso, tranquilamente se dirigió a Olayo.
-Pasa, te esperaba, le dijo. Llevo toda mi vida esperándote.

sábado, 25 de abril de 2009

Los dos soles (3)



Una clara noche de junio, la brújula empezó a dar vueltas sin medida. El cielo se cubrió, y nuestros modernos aparatos de navegación se hicieron totalmente inútiles, pues dependían de la visión de las estrellas.
Una extraña luz lo cubrió todo, y una explosión sacudió nuestros cuerpos, zarandeando el barco como si fuera de papel. Durante horas estuvimos en un carrusel de subidas y bajadas, sacudidas y temblores, aunque la superficie del mar permanecía extrañamente plácida.
Yo me até como pude al palo mayor, y perdí el conocimiento. Cuando lo recobré, estaba sólo en el barco. Todos mis compañeros habían desaparecido.
El cielo estaba despejado, así que bajé a la cámara del capitán y medí nuestra posición, como él me había enseñado. Para mi sorpresa, no pude reconocer ninguna estrella. No estaba la familiar Estrella Polar, guía de mis correrías de infancia, ni se distinguía la Vía Láctea, camino de peregrinación de los cristianos de mi tierra natal.
Tampoco estaba mi nueva amiga, la Cruz del Sur, emblema del continente austral, ninguna de aquellas luces me resultaba conocida. La luna brillaba por su ausencia.

Qué extraño, si estábamos en el creciente…
Eché el ancla, y descubrí que debíamos estar cerca de tierra, pues la profundidad era poca. Decidí echarme y descansar, pues todo aquello debía ser consecuencia de mi gran cansancio. Con la luz del sol todo se vería con más claridad.
Me despertó una azulada claridad. Abrí los ojos, el sol estaba a punto de salir, y se veía tierra, a menos de dos millas, La extraña tormenta de la noche anterior nos debía de haber acercado al continente, quizá mis compañeros habían tenido suerte, y se hallaban ya en la costa. Aparejé el navío con el velamen de reserva, y me dirigí hacia una pequeña playa. Me resultaba desconocida, pues quizá no habíamos desembarcado en esta parte anteriormente, y se veía desierta, pero no hallaba el momento de verme en tierra firme.
El sol finalmente salió, pero era una mañana extrañamente azulada, se veía al astro rey pequeño y frío, como si el calendario hubiera corrido varios meses, y estuviéramos otra vez en invierno, quizá estábamos más cerca del polo de lo que yo creía cuando empezó la tormenta.
Decidí recoger provisiones en la sentina del barco, para explorar la costa, y estuve un buen rato empaquetando todo aquello que me pareció importante.
Al oír un relincho, recordé a los animales, y fui hasta la bodega. Ni rastro de las gallinas y de la cabra, pero el caballo seguía aún allí, y el noble animal se alegró tanto de verme como yo a él, pues eso me aseguraba un medio de transporte, y la posibilidad de llevar mucha más carga.
Cuando tuve todo dispuesto, subí a la cubierta.
¡No podía creer lo que veían mis ojos!
El azulado y triste sol estaba ya alto en el cielo, y bajo él había...
¡Otro sol!
Un sol enorme y naranja ocupaba el lado de oriente, iluminando el paisaje, con una luz muy brillante.
Por Alá, ¡si había dos soles!

-¿Dos soles?
Los dos hermanos se miraron con perplejidad, y contestaron a la vez.
-Pues claro que hay dos soles, ¿Cuantos soles quieres que haya, siete?
-No lo entienden, en mi mundo siempre ha habido un sol, el Sol. No sé que extraño mundo es éste, ni como he llegado hasta aquí, pero añoro a mis padres, mi tierra, mi cielo.


Cuando llegué a tierra empecé a comprender que algo extraño había ocurrido durante la tormenta. Las plantas eran desconocidas, y los pequeños animalillos que me encontraba por el camino, eran totalmente diferentes de los que yo conocía.
El pobre Alí (le puse ese nombre al caballo, un pura sangre árabe), tardó bastante en decidirse a mordisquear las plantas que nos encontramos por el camino, aunque al final pudo más el hambre que la desconfianza, y los dos nos tomamos un merecido desayuno.
Después de dos días de camino, y sin rastro ninguno de mis compañeros, llegué a un pequeño poblado, habitado por una sola persona. Era un viejecito encantador, que me acogió amablemente en su casa, me dio de comer y atendió a mi caballo.
En un principio, no nos entendíamos, no hablábamos el mismo idioma, pero poco a poco me fue enseñando a entenderle. Y no solo eso, también me contó las historias y tradiciones de este mundo.
Me explicó que hace mucho tiempo, tanto que nadie sabe cuanto, este mundo estaba deshabitado. Un día, después de una horrible tormenta, un extraño aparato llegó lleno de gente. Algunos murieron, pero la mayoría sobrevivió y se establecieron justo donde él me había encontrado, utilizando para ello los restos de la extraña nave que les había traído.
Al principio, el poblado prosperó, llegaron algunos niños, y creció en población. Pero pronto aparecieron los problemas.
Unos querían encontrar el camino de vuelta a sus casas.
Otros preferían explorar la zona, y establecerse en esta tierra tan fértil y prometedora.
Algunos otros preferían quedarse donde estaban, esperando a que alguien fuera a buscarlos.
Después de muchas discusiones, el grupo se disgregó, y unas pocas familias se quedaron en el lugar de origen, esperando…
Desde entonces había transcurrido el tiempo, y los peregrinos fueron explorando el planeta, y estableciéndose por todas partes. Nunca encontraron el camino de vuelta y poco a poco se fue perdiendo la información de los antepasados, sólo algunos ancianos transmitían oralmente la historia de pueblo en pueblo.
Tras muchas generaciones, el anciano era el último habitante del poblado, y con él se terminaba la última familia originaria.
Me dijo que en un país al sur, había una anciana que guarda con ella el “cofre de la memoria”. Quizá ella me ayudaría a encontrar lo que andaba buscando.
Por eso viajo, busco a la anciana que me ayude a regresar a mi mundo.
Selina y Yannu se miraron, cada vez más perplejos.
-¿La anciana, dices?, pero si vive aquí al lado…


miércoles, 22 de abril de 2009

Los dos soles (2)




Como ya os he dicho, mi nombre es Olayo.
Mi tierra es muy hermosa, las surcan grandes ríos, los campos son fértiles, y las gentes trabajadoras.
Yo vivía en un pequeño pueblo, muy parecido al vuestro. En él convivimos gentes de varias razas y culturas, sin mayores disputas que las propias del campo y de las bestias.
Cometí un tremendo error, fruto de mi inexperiencia y de mi juventud. En la casa de al lado vivía una hermosa niña, a la que yo observaba cada día desde mi ventana. Pero yo no podía comprender que la relación entre nuestras familias estaba prohibida, pues aunque los intercambios comerciales entre nuestras comunidades son frecuentes, no se nos permite mantener ningún otro tipo de comunicación. Pronto aprendí que mi insistencia de hablar con ella había traído funestas consecuencias. Sus padres eran poderosos comerciantes, y mi familia es de humildes labradores. Al parecer, yo no le era indiferente del todo, pues a mis miradas respondía con tímidas sonrisas, rápidamente ocultas tras de las cortinas. Pero una mañana temprano, en la casa de al lado observé un gran revuelo. Un rico carruaje esperaba a mi hermosa vecina. La vi salir, envuelta en velos de seda, y rodeada de sirvientes. Subió al carruaje, y haciendo un tímido gesto con su mano hacia mi ventana, desapareció de mi vida para siempre.
Aquello me partió mi aún joven corazón. Pero corrían malos tiempos para los míos. Rumores de guerras y expulsiones llegaron hasta mi remoto pueblo. Mis padres, ya mayores, no se veían con fuerzas para cambiar de vida, pero decidieron enviarme lejos, donde no me alcanzaran los peligros que se avecinaban.
Debo decir que mi país es de grandes navegantes, que han recorrido los siete mares, y descubierto lejanas y exóticas tierras. Viajé varios días hasta llegar a un gran puerto, donde innumerables barcos atracaban y zarpaban todos los días, rumbo a los más lejanos destinos.
Mis ropas me delataban, y me rechazaron en varios de ellos, pero el capitán de un pequeño navío, que zarpaba rumbo al sur, decidió acogerme como mozo de cuadras, al ver la fuerza de mis músculos, labrada tras años de arar el campo. Debo decir que era costumbre viajar con algunos animales en los barcos, cabras para proveer de leche fresca, gallinas para tener huevos, y algún caballo, en este caso el del capitán. Bueno, y cientos de ratas y ratones, que se embarcaban sin pedir permiso…
Aunque el comienzo de la travesía fue muy tranquilo, tardé en acostumbrarme al vaivén de las olas, y los primeros días no fui de gran ayuda. Pero poco a poco me acostumbré, y hasta lo encontré agradable y acogedor. El capitán decidió acogerme bajo su protección, y me enseño a usar la brújula, y el astrolabio para guiarme por las estrellas, me explicó que era un invento de mis antepasados, y que sin él, no podríamos hacer las grandes travesías que hacemos. Aquel navío poseía los más modernos aparatos de navegación, iba surtido de las cartas más actuales, y varios repuestos de velamen y cordaje. Lo aprendí todo sobre la navegación. Paramos en diferentes puertos, y descubrí que mi pequeño mundo no era sino una ínfima parte del enorme universo. Vi razas extrañas, y animales más extraños aún.
Ya llevábamos un año comerciando cuando decidimos poner rumbo a casa.
De las posibles rutas, mi capitán decidió tomar la más corta, a pesar de que era con mucho la más peligrosa, y se decía que los viajeros desaparecían sin dejar rastro. El tiempo era bueno, nos encontrábamos en la primavera, y nada hacía presagiar el desastre….

domingo, 12 de abril de 2009

Los dos soles

Hace algún tiempo me dio por escribir un cuento para una niña que ahora ya no es tan niña.

Entonces descubrí que para escribir un cuento... hay que saber escribir. Eso me llevó a intentar aprender, mejorar, progresar en la escritura. Y entré en los blogs, en las comunidades de escritores, y empecé a hacer cursos online.

Sigo sin saber escribir nada de ficción más largo de dos folios, aunque estoy en ello.



De aquella época queda un bonito recuerdo: mi cuento.



Hoy no lo habría escrito, pero la ignorancia te da alas, como el Red Bull. Y estoy orgullosa de él.

Algún día lo reescribiré y me sentiré aún más orgullosa.

Pero ese día se aleja empujado por las pequeñas y grandes cosas cotidianas y he pensado... compartirlo con ustedes así tal y como está.

Es como un bebé que aprende a caminar, que se tropieza y cae y balbucea pidiendo agua.

Pero es mío. Creo que algunos ya lo conocen, aunque no sé si lo recuerden...



Va por episodios.



Y va por todos ustedes.







LOS DOS SOLES





Érase una vez, en un tiempo muy lejano...
En un antiguo pueblo de una antigua civilización, cuando el tiempo aún no había nacido, una extraña raza poblaba un extraño planeta.

En este pueblo, construido bajo un gigantesco árbol, vivían dos hermanos.
Yannu, el mayor, se dedicaba a construir casas para las gentes de la ciudad. Durante el día recogía materiales en los alrededores para luego
hacer las ventanas, puertas y paredes de sus convecinos.
La hermana pequeña se llamaba Selina y, aunque era aún joven, ya se ocupaba de la casa y de la comida.
Habían quedado huérfanos después de una terrible epidemia que había asolado la región, y vivían tranquilos cuidando el uno del otro.
Un día, cuando Selina estaba recogiendo fruta en su jardín para hacer una suculenta tarta, vio acercarse a un extranjero, con extraños ropajes...
- Mi hermano no está, forastero, pero si lo deseas, puedo ofrecerte un refresco y algo de comer...

El joven quedo sorprendido por tanta amabilidad, y como estaba realmente cansado del viaje, aceptó. Cuando entraron en la casa, quedo sorprendido, por la sencillez de la morada,pues solo había dos sillas, una mesa, un fregadero y la cocina de leña. Al fondo había dos puertas que daban a las habitaciones de los dos hermanos.
Ella le ofreció un vaso de agua y unas fresas que acababa de recoger del huerto, y tímidamente le preguntó:
- Dime forastero, ¿cuál es tu nombre?.- Perdona mi torpeza. Mi nombre es Olayo.
- Tu ropaje me desconcierta, forastero, en estas tierras nunca vimos nada parecido.
Olayo, pensó que no debía engañar a aquella chica que tan amablemente le ofreció su casa y su comida, pero también sabía que debía ser cauto, así lo que le dijo:
- Vengo de un país muy distinto al vuestro, por lo que vi en mi largo caminar y en cuanto a mis ropas, es cierto que resultan extrañas.
Selina, noto que al joven se le quebraba la voz, y pensó si habría hecho bien en preguntar.
Los dos quedaron en silencio, así estaban cuando se abrió la puerta y entro el hermano de la joven, que extrañado miro a Selina y frunciendo el ceño preguntó:
- ¿Quién es este hombre que esta sentado en mi silla?
Olayo, poniéndose en pie, pensó que después de todo le convenía dejar atrás el misterio, le miró y le dijo:
- Mi nombre es Olayo y viajo desde España
- ¿Espanna, dices?, extraño nombre, nunca lo había oído.
- No, España. No es raro que lo desconozcas, pues mi país no es de este tiempo.
Yannu, que cada vez se sentía más incómodo le replicó:


- Explícate extranjero.


La joven Selina, que hasta ese momento se había mantenido discretamente apartada, le trajo otro vaso a su hermano, y le pidió por señas que se sentara.
Como en la estancia solamente había dos sillas, ella se sentó graciosamente en el suelo, con las piernas cruzadas, y ambos se dispusieron a escuchar lo que Olayo le quisiera relatar.




Seguirá...

viernes, 10 de abril de 2009

De vez en cuando la vida...


De vez en cuando la vida va por su lado
Coge el camino que olvidamos seguir
y nos empuja a nuestro pesar.
De vez en cuando la vida nos guiña un ojo
nos tira del pelo y nos hace recapacitar.
A veces es una tormenta que nos ahoga
un espeso remolino difícil de remontar.
Otras juega con nosotros y nos marea
escondiendo la salida de tanta desolación.
La vida tiene estas cosas ,no sabe de reglas ni planes,
Nadie le puso freno ni conoce una dirección
Y entonces un día la vida llama a tu puerta,
entra en tu casa y te dice: Hola, aquí estoy.


Como siempre... la vida me ha vuelto a dar una sopresa.

Y como siempre, y van..... muchas, aún no sé como voy a salir de esta....

Pero como siempre, saldré y volveré para contarlo.

Perlita.


sábado, 4 de abril de 2009

Mis desapariciones

No estaba muerta, estaba de parranda...

Tampoco estaba de parranda, pero estaba alejada de este mi blog.

Les he echado de menos, pero la verdad es que estas semanas he estado muy ocupada. En parte por lo que ya les conté en mi anterior entrada: el primer cuatrimestre del año es el más duro en mi trabajo y me deja sin energía ni imaginación.
Además tengo que preparar algunas presentaciones en cursos que doy, que se llevan lo poco que me queda de neuronas.

Les pido disculpas por no haber estado por aquí, por no haberles visitado, aunque no por olvidarles, porque eso no ocurrirá nunca...

Y ahora les dejo una muestra de lo que me ha servido estas semanas para "limpiar" mi cerebro de impurezas y volver a mi estabilidad mental cada tarde-noche:


Mi granado, brotando...


Mi romero, también despertando


Mi rosal, tan anciano, sigue al pie del cañón




Un precioso regalo




Reciclando antiguallas


Brotes de fresias


Agatheas, preciosas


La cala, tan clásica y tan delicada


Una tímida rosa invernal



Están invitados a un cafecito:



Y, finamente, panorámica desde mi cocina:




Efectivamente, este mes de marzo he estado montando mi jardín... Por fin...
NO olviden nunca que les quiero.