miércoles, 23 de febrero de 2011

Sobre la utilidad de algunos trabajos

Hoy voy a tirar de archivo...
En una conversación que estaba manteniendo en un foro de jardinería al que soy asidua, salió un tema, y me acordé de esta entrada de 2009. La puse en esta mísma época, y me encontraba más o menos en las mismas condiciones que ahora. Como cada año.
Espero que les guste.



Estos días he tenido mucho trabajo.



Y no sólo mucho, sino distinto…


Durante un par de meses al año mi trabajo se convierte en una aburrida sucesión de declaraciones de gente que me cuenta cuantos animales tiene, cuantos piensa tener, donde los tienen, qué hacen con ellos… Se llama “Declaración Anual de Censos”, y sirve básicamente a efectos estadísticos, y para saber cuanto dinero hay que prever en vacunas, identificación, etc.…


Es un poco aburrido, no se asusten que no se lo voy a contar.


El caso es que durante estos dos meses viene mucha gente que no tiene contacto habitual con la administración, la mayoría de ellos viejecitos que tienen diez o quince ovejas, cuatro o cinco cabras, un burrito, pavos, patos, y cosas así.






Es increíble cómo ha cambiado el mundo (mi mundo, nuestro mundo) en unos pocos años.


Estas personas no entienden porqué me tienen que contar sus posesiones. La mayoría son tan mayores que ni siquiera han hecho nunca una Declaración de la Renta.


Cuando eran jóvenes y trabajaban, nadie se interesaba por lo que hacían, simplemente trabajaban, cobraban y listo. No había registros, normas de seguridad, de salubridad, de nada…


Vienen obligados porque una carta muy amenazadora les dice que si no vienen se les multará (antes no se enviaba carta y simplemente no venían…)






Y me veo cada día delante de un señor de cuatrocientos años, completamente analfabeto, que firma igual que si dibujara, intentando que me diga cuantas ovejas le han parido, intentando explicarle que no puede tener una cerda si no tiene su documentación en regla (¿Qué documentación???) y sobre todo intentando que me apunte cada vez que se le muere (o se come) una oveja, la fecha y el número que lleva en la oreja.


Por no hablar del libro donde tienen que apuntar cada vez que dan un medicamento, especialmente porque no dan medicamentos.


Sé positivamente que a veces lo que me cuentan es mentira.


Y sé positivamente que en cuanto salgan de mi despacho, cogerán ese libro que he estado una hora explicando como se rellena, lo meterán en un cajón, y me lo traerán el año que viene impoluto…






Viven en el siglo XXI, pero su mente sigue en el XIX.






En marzo, envío mis datos a mis jefes, y se utilizan para elaborar los presupuestos.






Mientras, mi anciano pagés se va a su casa y le cuenta a su señora que una “forastera” muy pesada le hizo muchas preguntas tontas, y que le ha dado un libro amarillo que no ha entendido. “Estos del Gobierno lo quieren saber todo”.






Sinceramente, si no fuera porque estoy segura de que después de todo mi trabajo es necesario… Hay días que me deprimiría.


Perlita.

domingo, 13 de febrero de 2011

De las rimas crepusculares

Ando medio resfriada... y falta de ideas.
Así que hoy les voy a dejar una poesía que no es mía. Se titula: "De las rimas crepusculares"


Dicen que hay penas que matan
y alegrías que asesinan
¿Que hay alegrías? No sé...
Yo nunca tuve alegrías.
¿Que las penas matan? No;
sólo en las penas hay vida,
¡que el que sin penas viviera,
por ellas se moriría!
¿Que las penas matan? No;
es una bella mentira;
¡pues si mataran las penas!
¿qué hubieran hecho las mías?


¿Qué les pareció?
Lo escribió un jóven médico, allá por comienzos del siglo XX.
Ese jóven médico era mi abuelo....


Ya les pondré alguna otra, en otra ocasión.
Más alegre...

martes, 1 de febrero de 2011

Anoche soñé...


Anoche soñé que amabas a otra



que no era yo la que te confortaba al final de la jornada


soñé que en otros brazos aliviabas tu cansancio


y que eran otros labios los que te hablaban de amor.






Anoche soñé que yo no existía,


que tus sueños volaban por otros rumbos, en otras direcciones,


que tus despertares veían otros ojos que no eran los míos,


que tus ilusiones se dibujaban en otro mar.






Y aun así te quise,


mis lágrimas te desearon felicidad


y el nudo de mi garganta ahogó un suspiro


que pugnaba por inundar nuestra habitación.