jueves, 22 de diciembre de 2011

El árbol pintado (reedición)



Este año, con mi nena empezando a vivir la navidad (las dos anteriores era demasiado pequeña) he recordado mis navidades de niña. Eran mágicas, especiales...
Hace un par de años que escribí este cuento. Trata de unas navidades especiales...


EL ÁRBOL PINTADO



Lo cuento como lo recuerdo.
Cuando era pequeña, los Reyes Magos venían puntualmente cada 6 de enero a mi casa, y me dejaban algunas cositas que mi madre se aseguraba de puntualizar:

- Esto es de parte de tu abuela, aquello de tu otra abuela, lo de más allá te lo encargué yo… -

En mi pequeño pueblo éramos muy pocos niños europeos, quizá diez o doce, así que los Reyes Magos tenían más bien poco trabajo.
Un año llegó a vivir una niña, hija del médico. Tenía una extraña enfermedad en la sangre, no coagulaba bien y una pequeña herida la podía matar. Nunca salía de su casa ni para ir a la escuela. Como éramos sólo tres niñas de mi edad, nos llevaban a su casa a hacerle compañía, y jugábamos sentaditas en una mesa sin hacernos daño.

Esta niña tenía una bonita casa y me gustaba mucho ir. Disfrutaba de una habitación llena de juguetes y un armario lleno de ropa lindísima.
La primera navidad que pasó en nuestro pueblo fuimos a visitarla y nos enseñó orgullosa una extravagancia: un árbol de navidad, un hermoso abeto natural adornado con bolitas, espumillón y luces parpadeantes, rodeado de cajitas envueltas en papel de regalo y lacitos de colores.
Aquello era nuevo, una costumbre extranjera que ninguna conocíamos, y nos dejó extasiadas.
Claro que cuando llegué a casa empecé con mi cantinela:
- Natalia tiene un árbol de navidad…-
- Papá, yo también quiero uno, por favor…-
Imagínense: encontrar un árbol de navidad en mitad del desierto del Sáhara… una extravagancia, por demás cara…

Bueno, no es porqué yo lo diga, pero era una niña muy comprensiva, y después de dar un poco de lata a mi pobre padre, olvidé el árbol de mi amiguita y me dediqué a vigilar mi “niño Jesús”, que colocado en la mesita del salón, era el lugar donde los Reyes Magos me dejaban mis regalos cada 6 de enero.

Al año siguiente, como siempre llegó la navidad y sacamos nuestro niñito Jesús, que dormía en su cajita. Mi madre y yo lo colocamos en la mesita del salón y empezamos la cuenta atrás hasta el día de Reyes.

Pero mi padre nos tenía una sorpresa. Cuando ya estaba la casa preciosa con sus lacitos y guirnaldas, me hizo cerrar los ojos y salió de la habitación.
Cuando los abrí, un hermoso árbol de navidad estaba en medio del salón.
No era como el de mi amiga. Este tenía un tronco liso y verde brillante, y en vez de hojas tenía sus ramitas envueltas de tiras de rafia de colores. Estaba adornado con bolitas blancas, rojas, azules y amarillas, y tenía pequeñas cajitas colgando de las ramas más grandes.
Aquel árbol era el más bonito del mundo, y mi padre se llevó el abrazo más grande del universo. ¡Me había traído mi árbol!

Me fui corriendo a casa de mi amiga, a contárselo.

Le dije que mi árbol era tan bonito, que mi padre era el mejor padre del mundo, y que ese año a mí también me dejarían regalos el 25 de diciembre, como a ella.
Su árbol era todavía más grande que el del año anterior, y tenía todavía más luces y adornos.
Pero este año yo también tenía el mío.
Fueron unas navidades estupendas. Yo le contaba cosas de la escuela, y de los juegos de la calle, y ella me dejaba jugar con sus muñecas, sus cocinitas y sus peluches, y me dejaba probarme aquella ropa tan linda, que no se le llegaba a estropear nunca de tan poco que la usaba.

El día de Navidad, como el año anterior, fuimos las amiguitas a su casa a ver los regalos y nos encontramos con una sorpresa: estaba vestida para salir a la calle. Su abuelita había venido a pasar las navidades con ellos y la iba a sacar de paseo, por primera vez en meses.
Con mucho cuidado para que no se dañara, salimos todas a la calle y fuimos de casa en casa viendo los regalos. A mí me tocó ser la última.

Cuando llegamos a casa, mi amiga, su abuela, las otras niñas y yo, fui corriendo a enseñarles mi árbol y mis regalos.
Y entonces mi amiga se volvió a su abuela y dijo:
- Tata, ¿ese árbol no es el que papá tiró a la basura porque se le cayeron todas las hojas y murió? Parece el mismo pero está pintado de verde-
Y, entonces, la abuela, agachándose para que mi madre no la oyera, le dijo:
- Cariño, los pobres no pueden comprar árboles, por eso tu papá se lo dio al papá de tu amiga. -

Y en aquel momento mi precioso árbol se convirtió en lo que realmente era: un abeto muerto, pintado de verde y forrado con papel.

Aquella noche lloré mucho.
Aquella señora estúpida había dicho que éramos pobres.
Yo no era pobre, los pobres no tienen comida y yo tenía comida.
Pero mi árbol era un árbol muerto y feo, ya no lo quería.
Al día siguiente le dije a mi mamá que tirara aquel árbol a la basura, que era un árbol de pobres.
Y mi mamá me dijo que eso no era verdad. Que los pobres eran ellos, porque aquella niña estaba enferma, la pobre no podía jugar, ni ir a la escuela, ni tener amiguitos, y la consolaban con juguetes y dinero.
Nosotros éramos ricos porque teníamos muchos amigos y gente que nos quería. Y yo era la niña más rica del mundo, porque tenía un papá que podía resucitar a un abeto muerto y convertirlo en un precioso árbol de navidad.

No recuerdo el resto. Mi amiga se fue con su abuela y por alguna razón nunca más me volvieron a llevar a su casa.
Después se fue del pueblo y ya no la vi más. Creo que su enfermedad se agravó y se la llevaron a España.

Aquel abeto pintado fue nuestro árbol de navidad durante varios años, hasta que fuimos a vivir a España y pudimos comprar un "verdadero árbol de navidad de plástico".
Si les digo la verdad, lo eché de menos…


P.D: el árbol del principio es lo que queda de nuestro árbol de este año... Nuria no ha dejado bola entera...

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un bonito Regalo de Navidad.

Esta Neo, nos ha sorprendido con un precioso regalo, precioso y muy trabajado.
Una hermosa tarjeta de Navidad con todos sus amigos 
Me encanta ver todas esas caras, acostumbrada a leer sus letras durante tantos años.
Precioso, realmente precioso.
¿Ya dije que es precioso??????







lunes, 5 de diciembre de 2011

Juegos malabares




Ahora imagínate que te levantas por la mañana para ir a trabajar.
Te vistes, te peinas, te arreglas un poco, te pones la cara de mujer seria, competente y decidida y te pones al volante.
Llegas al trabajo, enciendes el ordenador, consultas tu agenda y te preparas para recibir la primera cita de la semana.
A la hora convenida llega el señor X con su carpeta de documentos, toma asiento y empieza a solicitar tus extensos conocimientos sobre el tema.
Tú le revisas su contabilidad, le asesoras sobre los presupuestos que ha pedido, le explicas las ventajas e inconvenientes de la opción que ha elegido y…
Y entonces suena el teléfono. Ves el número de casa, te disculpas con este señor por interrumpir la conversación y lo coges. Es el canguro, que te pregunta dónde has dejado los pañales de la niña. Se lo dices, le pides que le dé la medicación que está sobre la mesa de la cocina y que coja el biberón que le has dejado dentro del microondas.
Y con una sonrisita de disculpa vuelves a tu trabajo.
Ya tienes la mesa llena con declaraciones de la renta, recibos de Seguridad Social, facturas, presupuestos, planos…
Ha llegado el momento de empezar a hacer el estudio económico de viabilidad, de jugar con los números, ingresos, gastos, hectáreas, cultivos… este señor confía en ti para que le digas si le negocio que quiere iniciar merece o no la pena.
Y vuelve a sonar el teléfono…
Esta vez no te disculpas… te limitas a sonreir tímidamente y descolgar.
El canguro te informa de que tu hija no ha querido fruta ni galletas, pero sí se ha tomado el biberón. Que todavía tose un poco pero ya no tiene fiebre, que está muy contenta jugando por la casa  y pregunta si la puede sacar a dar un paseo.
Le explicas que en el armario del dormitorio están los gorros y las bufandas, que la abrigue bien y no la lleve por la calle de la iglesia, que tiene mucha corriente. Y que te llame cuando vuelvan, que le has dejado a ella una tortilla y a él una pizza.
De vuelta al estudio económico, ha costado un poco cuadrarlo, pero al final este señor decide que sí que merece la pena y que quiere hacer las solicitudes oportunas.
Vuelta al ordenador, a rellenar los impresos, a poner en limpio todos los cálculos que has hecho, hacer fotocopias, compulsar documentos, asegurarte de que no hay errores en las sumas…
Cuando suena por tercera vez el teléfono, este buen señor  ya sabe que tienes una nena pequeña, que tiene gripe, que no ha ido a la escuela, que has tenido que dejarla con su hermano mayor, que es la primera vez que lo haces y que estás un poco nerviosa…
Han vuelto sin novedad del paseo, han comido y están en el sofá a punto de hacer una siesta.
Terminas de rellenar los impresos, los firma, los registras de entrada, le das su copia y le deseas buen día.
Y tú has pasado media mañana con media cabeza con tu nena pequeña y la otra media haciendo cuentas…
Un día de estos… Probablemente meterás el gasto de pañales en el estudio económico, en vez de una relación de cultivos contarás purés y tortillas, y cuando tu pequeña hija quiera ir a jugar  al parque, le pedirás una solicitud compulsada y por triplicado.
Ay señor…