martes, 14 de julio de 2009

DAÑOS COLATERALES

He pensado en ir trayendo por aquí algunas cositas que estaban en Spaces, o en algunos foros.


Así aprovecharé mientras las musas se empeñan en no visitarme...


Este escrito en concreto tiene ya varios años, lo escribí durante la segunda guerra del Golfo, aunque no tiene nada que ver con aquello.


Ocurrió hace más de 30 años y es, en un gran porcentaje, autobiográfico...








Daños colaterales





A la Niña le gustaba su pueblo.
Aquellas casas blancas, de suaves muros redondeados, el rumor del mar omnipresente, las calles de arena, sin asfaltar, y el olor de la fábrica de harina de pescado, tan penetrante, que impregnaba la vida.
Recordaba haber vivido en otros pueblos, en otras casas, pero era aún demasiado pequeña para preocuparse por tanto cambio de domicilio.
Era un pueblo pequeño, casi se resumía en dos calles, y algunas tiendas de tela, en las afueras. El resto, desierto.
Decididamente, era agradable vivir allí. Podía jugar con sus muñecas en mitad de la calle, y ningún coche ruidoso y maloliente osaba expulsarla de su universo.
Es verdad que no tenía muchos amiguitos con los que jugar, sus compañeros de la escuela eran la mayoría mayores que ella, y no querían saber nada con Niñas tontas y repelentes. Y también estaban los otros compañeros. En los recreos jugaban juntos, pero al salir de clase se iban a sus tiendas, en las afueras del pueblo. Jugaban juntos en la plaza del pueblo, en el patio de la escuela, pero Mamá no la dejaba ir a las tiendas a jugar, decía que estaba muy lejos. Mamá era la maestra de todos los niños del pueblo, y si ella lo decía, no se podía discutir.
El día del año que más le gustaba, era el de su cumpleaños. Ese día, todos los niños se reunían en la escuela, y le traían regalos. Venían limpitos y arregladitos, y con zapatos y pantalones. Las Niñas se lavaban el pelo, se lo peinaban, y se volvían a hacer esas trencitas que Mamá no le sabía hacer.

La Niña se sentía como una princesa de cuento, y agradecía todos los regalos con una sonrisa, aunque se repitieran las mismas cajas de caramelos, los mismos lápices de colores, y las mismas muñecas todos los años.
Por Navidades iba a casa de su abuelita, después de un viaje tremendamente largo, de muchas horas de avión.
Su abuelita era muy buena, y le hacía regalos maravillosos, muñecas encantadas que lloraban y cajas llenas de cartas que desaparecían y varitas mágicas que se convertían en pañuelos de seda.
Pero no quería ir a la ciudad. En la ciudad estaban sus primos, y le decían cosas feas, la llamaban pequeña salvaje, y se reían de ella porque no llevaba zapatos.
Además, le daban miedo los ascensores, y los coches. La gente en la ciudad iba siempre muy deprisa, y no conocía a nadie por las calles. Y sobre todo, no se oía el mar.
Cuando en enero volvían a casa, se sentaba muy quieta en la puerta, y se dejaba bañar por la inmensa claridad del cielo, el calor de la arena, y el rumor de las olas.
Las vacaciones de verano eran la mejor época del año, porque las pasaba con la otra abuelita, las dos solas, en el campo. Esta abuelita le contaba historias maravillosas de princesas y dragones, y junto a ella el huerto era un jardín maravilloso donde las margaritas se convertían en el hogar de diminutas hadas y traviesos duendecillos.
Allí aprendía a cuidar las plantas, y las gallinas, y se asombraba de ver los enormes árboles que guardaban la casa. En su pueblo no había árboles, solamente un par de arbustos raquíticos, en la plaza de la iglesia.
La Niña era feliz, con sus libros, sus juguetes y sus animalitos, no concebía otra forma de vida que no fuera esa, no le gustaba la vida de la ciudad.
Pero un verano, cuando ya tenía ocho años, al volver a su casa, después de haber pasado el verano en la granja de la abuela, notó que algo extraño pasaba.
La escuela estaba prácticamente vacía. No estaban sus compañeros, ninguno volvió de las vacaciones. Y los otros, los de las afueras, también habían desaparecido, en la clase quedaban tan pocos, que cabían en las dos primeras filas.
Mamá y Papá estaban intranquilos, nerviosos. Papá dejó de ir a la fábrica de harina de pescado, y pasaba las horas muertas escuchando la radio.
Noche tras noche les oía discutir en voz baja, y por las mañanas se reunían con los pocos vecinos que habían vuelto después del verano, y en pequeños grupos gesticulaban y sacudían la cabeza.
Finalmente, un día Mamá le dijo que no tenía que volver a la escuela, que se quedara en casa todo el día, y que no saliera sin su permiso. Aquello la desconcertó totalmente: nunca le habían prohibido moverse a su antojo por su pequeño pueblo. ¿Qué iba a ser de sus animalitos, de sus gatos, de sus palomas, del zorrito que venía por las noches a pedir comida?
Aparecieron soldados por todas partes, recorrían las calles en coches, día y noche. Al ponerse el sol, un potente foco iluminaba el pueblo, entraba por la ventana, y no la dejaba dormir.
Poco a poco el pequeño mundo de la Niña se fue desmorronando, y empezó a sentir algo que nunca había sentido: el miedo hizo aparición en su vida.

Aquella noche empezó como las demás, el foco recorría el pueblo, y un altavoz iba diciendo algo, aunque ya casi no quedaba allí nadie para oírlo, pues la mayoría habían abandonado ya sus casas y negocios.
Mamá la mandó a su habitación, y cerró la puerta con llave. Durante toda la noche estuvo oyendo ruido, gente que entraba y salía de la casa, voces, gritos ahogados. Escondió la cabeza debajo de las mantas, y esperó.
A la mañana siguiente, vino Papá a despertarla. Vístete, le dijo, nos vamos.
Pero, ¿a dónde vamos?
No hagas preguntas y date prisa, a las nueve tenemos que estar en la playa.
Al salir de su cuarto, vio horrorizada que la casa estaba totalmente desmantelada. Lo que había sido el salón, era ahora un montón de cajas, envueltas con cinta aislante roja.
¿Nos vamos de viaje?, ¿A donde vamos? repetía persiguiendo a Papá, que iba y venía frenéticamente por la casa.
Recoge tus cosas, sólo lo que quepa en esta caja, el resto se queda.
¿Pero podré venir a buscarlas más tarde?
Te he dicho que no, solo lo que quepa en esta caja, y date prisa, que a las nueve nos vamos.
¿Cómo recoger su corta vida en una caja?, ¿y sus muñecas, sus libros, su ropa?
¿Y sus animales?? Salió corriendo hacia el patio, y allí estaban, sus dos gatos esperando el desayuno. Sin pensárselo dos veces, los cogió, y los metió en la caja, entre sus libros y sus muñecas.
Entonces apareció Mamá, con los ojos enrojecidos.
Por fin Mamá, dime que pasa, ¿a donde nos vamos?
Volvemos a casa, cariño, esto ya no es seguro.
Pero, ¿cómo que a casa? ESTA es mi casa.
No, cielo, esta ya no es nuestra casa, ni este es nuestro pueblo, ha dejado de ser nuestro país, nos vamos.
La Niña no entendía nada, pero una única idea le martilleaba en su cabeza.
Mamá, dijo tímidamente, ¿donde meto a mis gatos?
Lo siento, pero los gatos se quedan. Ahora vendrá un soldado, y se los llevará, con los demás gatos y perros del pueblo. Allí donde vamos no se admiten animales.
Entonces lo recordó: ya había venido una vez un soldado a por los gatos y perros, fue durante la epidemia de rabia. Se los llevó al desierto, y no los volvieron a ver. Lo último que supo de su perro fueron dos pequeñas explosiones, a lo lejos. No estaba dispuesta a que volviera a ocurrir, así que cogió a sus pequeñines, y salió por la puerta trasera de la casa. Con ellos fue hasta las afueras, hasta la zona de las tiendas, donde nunca le habían dejado ir sola.
Allí también había mucho movimiento, camellos y camionetas estaban cargados hasta arriba, y la mayoría de las tiendas, estaban ya desmanteladas. Encontró a uno de los niños que iba a su clase, y le preguntó si se quería quedar con sus gatos. El niño le contestó que ellos también se iban, pero de todas formas, los metió en un saco y lo tiró dentro de una desvencijada camioneta. Siempre va bien tener a raya a las ratas de desierto, dijo.
La Niña regresó a casa, atravesando el pueblo, sin mirar a su alrededor. Cuando llegó, todo estaba dentro del coche, y Papá y Mamá la esperaban impacientes. Mientras se dirigían a la playa, volvió la vista atrás, y vio como los habitantes de las afueras entraban en su casa, y en las de sus vecinos, y se llevaban todo lo que no había sido empaquetado y cargado. Vio Niñas con sus ropas, alguien sacaba su cama por la ventana, y entre dos mujeres, cargaban con sus sábanas, y sus mantas.
La Niña lloraba, pensando en sus gatos, en sus palomas, en su zorrito. ¿Quien le daría de comer esa noche a su zorrito?
Cuando llegaron a la playa, el barco más enorme que había visto en su vida, les esperaba en la orilla, una amenazadora barcaza gris con una plataforma que llegaba hasta la arena. En su interior albergaba coches, tanques, paquetes, cañones, ametralladoras, en un caos desconcertante. Los pocos habitantes del pueblo que todavía no se habían ido, cargaban sus cosas sobre la plataforma.
Papá entró dentro, con coche y todo, y después entraron ella y Mamá.
El último de los soldados subió a bordo, llevaba en un pequeño paquete la bandera roja y amarilla que siempre había estado en el ayuntamiento. Entonces una atronadora sirena les hirió a todos en los oídos, y se alejaron de la playa.
Era un día frío de otoño, y el mar estaba muy encrespado. Mientras se alejaban de la costa empezaron a verlos. Pequeños grupos de aviones sobrevolaban el pueblo y las explosiones se estuvieron oyendo hasta la puesta de sol Les dieron ordenes de no levantarse ni moverse, pero aquella enorme barcaza daba tremendos bandazos, todo estaba lleno de cajas, bolsas y paquetes que rodaban hacia todas direcciones, gente asustada, y muchos soldados.
Al llegar a alta mar, ya de noche, les explicaron que cambiarían de transporte, pues aquel que les había recogido sólo servía para carga.
Pero se había desatado una tormenta, los dos barcos subían y bajaban,.chocaban entre sí formando un estruendo muy desagradable, y la gente gritaba de terror.
Papá fue el primero en saltar los dos metros que separaban las cubiertas, después de un soldado, y empezaron a pasar a los demás.
Durante dos horas interminables fueron pasando uno a uno. Llovía, hacía frío, y estaban completamente a oscuras. Mamá estaba paralizada, y la tuvieron que tirar, literalmente, de un barco a otro.
A la Niña la alzó alguien en brazos, y la lanzó por una ventana, donde la recogieron los brazos de Papá.
El día había sido demasiado duro, y estaba cansada, dolorida y asustada, así que, cuando la llevaron a un camarote y la metieron en la cama, se quedó dormida inmediatamente.
A la mañana siguiente, la tempestad ya había pasado. La Niña salió a la cubierta, para averiguar donde se encontraba.
Cuando salió, el espectáculo, la dejó sin habla. Lucía un sol espléndido y estaba en un ferry de pasajeros completamente rodeado por barcos de guerra. A lo lejos, se veía la costa de su pueblo.
La Niña pensó... ¿Dónde estarán mis gatos?



4 comentarios:

  1. Terrorífica historia!...las idioteces de las guerras humanas no entienden de rices y de afectos.

    saludos!

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  2. UNA HISTORIA MUY TRISTE, COMO REAL, REFLEJAN SIN DUDA LA DURA REALIDAD DE LAS GUERRAS, Y YO TAMBIEN HUBIERA PENSADO EN LOS GATOS, ADORO MIS BICHITOS NO PODRIA ABANDONARLOS, NUNCA, MUCHA EMOCION LEERTE ¡¡¡
    TE DEJO UN BESO, ESPERO QUE TUS COSAS MARCHEN BIEN¡¡¡

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  3. UFFF,DURISIMA PERLITA,PERO DESGRACIADAMENTE SIEMPRE LA REALIDAD SUPERA LA FICCION..ESO SIEMPRE SEGUIRA SUCEDIENDO..SOLO DESEO QUE ACABE PRONTO.
    CUIDATE UN MUNDO.BESITOS A LAS DOS.MJ

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  4. que historia más fuerte y conmovedora...
    por otro lado un gusto descubrir tu blog!me pasaré a menudo y ánimo, las musas siempre acaban volviendo!salud!

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