viernes, 25 de marzo de 2016

Un pequeño ejercicio de imaginación

Te propongo un ejercicio de imaginación.
Imagínate que eres pequeña. No sé, siete u ocho años bastará.
Ahora imagina tu vida.
Vives en casa con papá y mamá. Vamos a suponer que vives en un pueblo pequeño donde todos se conocen, ¿Vale?
Vas a la escuela, juegas en la calle con tus amigos, vas a la playa…
También sales a veces de excursión, o al cine, o al bar a jugar a las máquinas.
Normal, ¿no?
Ahora sigue imaginando.
Imagina que papá está de mal humor, cada día más. Ya no tiene tiempo de jugar contigo y cada día pasa más tiempo fuera de casa.
Mamá parece preocupada, escucha mucho la radio (no tienes televisión) y cada vez sale menos a la calle.
Un día viene tu mejor amiga y te cuenta que se van a ir a vivir a otro sitio toda la familia. Tú lloras y protestas, ella también llora, pero da igual. Se van.
Es la primera, pero detrás se van más. Cada día falta alguien en la escuela, los pupitres se van vaciando. Hasta que un día ya no hay escuela.
Poco a poco las familias van abandonando el pueblo “para irse a vivir a otro sitio”
Tú no entiendes nada, pero claro, eres una niña pequeña, ¿qué vas a entender?
No hay escuela. Bien!!! A jugar en la calle.
Pero no, no te dejan jugar en la calle.
En tu pueblo ya casi no quedan niñas. Se han ido casi todas. Y las que quedan no salen a la calle.
Y hay una cosa que se llama “Toque de queda”. Sólo los hombres salen a la calle. Por las noches suena una sirena y un coche lleno de soldados con metralleta recorre el pueblo sin parar. Mamá cierra las ventanas y las persianas y te dice muy seria que no las abras.
Y estás así, no sabrías decir cuanto tiempo. En casa con mamá.
Y papá cada día más preocupado, cada día de peor humor.
¿Cómo llevas la imaginación? ¿Bien? Seguimos.
Un día te pones mala. Tienes mucha fiebre y te duele mucho la cabeza. Pides a mamá que avise al médico. Pero no hay médico, también se fue.
Y entonces esa noche, papá viene muy nervioso y te dice que tiene algo que contarte.
Te cuenta que hay una guerra. Que otro país nos va a invadir y que nos tenemos que ir porque están cerca. Imagina que tontería,¿ otro país te va a invadir? Si esas cosas solo pasan en las películas. ¿Y a donde vas a ir?
Papá dice que de momento a casa de la abuela y luego ya se verá. Imagina, la abuela. Pero si vive a cinco horas de avión…
Pero no es una película. Papá te dice que hay que irse muy deprisa y que sólo puedes coger una caja con tus cosas.
Y tú, que solos tienes ocho años no sabes qué es lo que tienes que coger. Y coges a tus dos gatos y los metes dentro de la caja.
Pero papá dice que no puede ser. Alguien viene y se los lleva. Y a todos los perros del pueblo. Y te cuentan que es mejor así, que cuando nos invadan habrá guerra y… bueno, que es mejor.
Y entonces, no coges nada. Te quedas allí en mitad de tu cuarto, de tu ropa, de tus juguetes. Y no sabes que hacer.
Papá y mamá están varias horas empaquetando cosas. Tú sigues sin entender nada. Discuten. Mamá quiere meter la lavadora en el coche. Dice que aún no la han acabado de pagar. Papá dice que no cabe. Al final la meten.
Y antes de que salga el sol, sales a la calle.
Recuerda que tienes ocho años, ¿Vale? Que lo que sabes de la vida es lo que has visto en el cine del pueblo.
Hay varios coches en la calle, algunos carros y gente. Gente con bolsas, con fardos, con mochilas. Hay camionetas cargadas de cosas y otras cargadas de gente. Todo el mundo se va. Dice papá que esta vez es de verdad, que no quedará nadie en el pueblo.
Tú sigues con mucha fiebre y te agarras a mamá. Mamá… esa persona siempre tan segura de sí misma, tan lista, tan activa. Mamá está en estado shock y no parece saber lo que tiene que hacer.
Papá te dice que montes en una furgoneta llena de gente con mamá. Y que te vayas a donde te lleven. Él se sube en el coche lleno de cosas, y la lavadora. Y se aleja. Lo pierdes de vista.
Aquella furgoneta te lleva a la playa y allí te hacen bajar. En la playa hay un barco muy raro, lleno de soldados. Y gente, mucha, mucha gente.
Y todos suben a aquel barco. Papá no está.
Todo es muy rápido, cuando el barco está lleno, se aleja de la playa. Todos están sentados en el suelo y hay un pitido muy fuerte. Alguien dice que eso es “zafarrancho de combate” y que hay que quedarse en el suelo sin moverse. Ese “zafarrancho” es muy aburrido, no te dejan moverte.
Tú tienes hambre y sed, mucha sed. Ardes de fiebre. Mamá sigue asustada y no te suelta en ningún momento. Y nadie te da de comer ni de beber. La orden es no moverse.
Pasan las horas en alta mar y no sabes lo que pasa. Papá sigue sin estar.
El tiempo empeora y se forma una tormenta. Lo que faltaba. El barco se mueve mucho, la gente se empieza a encontrar mal, allí en el suelo entre fardos. No hay baño.
Empieza a oler muy mal.
Llega la noche y Papá sigue sin estar. Mamá no habla, no dice nada.
La tormenta es cada vez más fuerte. Estás mojada, helada y asustada. Y nadie habla.
Entonces viene un soldado a hablar con mamá. No oyes lo que dice, pero empiezas a moverte. Todo el mundo se mueve, deprisa, deprisa.
Oyes gritos pero no sabes lo que pasa. Está oscuro, no hay ninguna luz y el suelo se mueve mucho.
Hay mujeres que gritan, otras que lloran, y se oyen hombres que dan órdenes. Discuten, se enfadan. Tienes mucho miedo.
Alguien te coge en brazos,  mamá grita, grita mucho, nunca la habías oído gritar así. Estás aterrorizada, cierras los ojos. Y te tiran. Sales volando por encima de la borda del barco.
¿Qué? ¿Cómo lo llevas? ¿Te está costando mucho imaginarlo?
Sí, ya lo sé, no es un buen momento para parar la historia. Seguimos.
Estabas volando por los aires en mitad de la noche, en alta mar en una noche de tormenta.
Bueno, no soy tan mala, no te voy a hacer imaginar algo horrible. Te tiran por la borda del barco, pero lo que tú no sabes es que hay otro barco, mucho más grande al lado y que sales volando a través de una escotilla para caer directamente en los brazos de papá. Papá, que no sabes como ha llegado hasta allí, pero que seguro que ahora lo arreglará todo.
Desde aquella escotilla y mucho más tranquila ves como poco a poco van pasando gente de un barco al otro.
Se mueven mucho y no están al mismo nivel. Suben y bajan y parece que entre los dos tiene que desaparecer la gente que poco a poco va saltando.
Mamá no tiene valor para saltar, y un soldado la empuja.
Después de un rato interminable, pasan todos y el primer barco se aleja.
Papá había embarcado hacía ya tiempo y te tiene una sorpresa. Hay un médico. El médico te mira y dice que no tienes nada grave. Te ponen una inyección y te acuestan en una cama. UNA CAMA!!
Tú y mamá están encerradas dentro de un cuarto minúsculo, pero por lo menos ya no tienes fiebre. Papá dice que mejor no salir, pero tú estás cansada y quieres respirar aire libre, así que desobedeces y sales de aquel cuarto.
Estás dentro de un barco bastante grande y hay un pasillo lleno de gente. De mucha gente. Muchos son soldados jóvenes, también hay civiles, aunque sólo ves hombres. Las mujeres y los niños están todos dentro de cuartos como el tuyo.
No llegas a salir al exterior. No se puede pasar de tanta gente por los suelos. Y no hay agua. El olor… Hay un olor tan indescriptible que automáticamente vomitas en el suelo, como hace todo el mundo. Y vuelves a entrar en la seguridad de tu minúsculo cuarto.
La tormenta sigue dos días más, y entonces el barco deja de moverse. Y a la tercera mañana, papá dice que ya puedes salir.
Han limpiado el pasillo, y toda la gente que estaba en el suelo ahora está en cubierta. Luce el sol y parece que el fin del mundo acabe de pasar.
Oyes hablar de bombas, ataques, combates. En el cielo se ven aviones grises y tu barco está rodeado de barcos de guerra. Todo el mundo parece aliviado. Nadie repara en una niña pequeña que se pasea entre tanta gente. Y entonces un grupo de soldados te ve y te llama. Te preguntan de dónde eres, y tú les cuentas que eres de un pueblo muy bonito, pero que ahora lo van a invadir y te vas a casa de tu abuela. Aquellos soldados te miran y te hacen carantoñas, te preguntan si te quieres hacer una foto con ellos, para enseñársela a su familia… Y a ti te gustan las fotos. Pero dices que no, porque estás sucia y hueles mal. Hace una semana que no te bañas ni te peinas, ni te has cambiado de ropa. Ellos se ríen, dicen que ellos tampoco se han bañado y que en la foto no se notará.
¿A que ahora es más fácil de imaginar? Ya estamos acabando.
Pasas varios días en aquel barco. No hay agua para bañarse, pero sí que hay baño. ¡Menos mal! Eres la única niña que ha embarcado y todo el mundo te trata muy bien.
Y una mañana, llegas a puerto.
Por fin.
Y cuando el barco atraca, mamá te coge de la mano y empiezas a bajar la escalerilla. Hay mucha gente esperando, médicos, ambulancias, bomberos, y cámaras, muchas cámaras grabando. Tú no entiendes nada, ¿Para qué hacen falta los médicos? Si tú ya estás bien.
Mamá pasa de largo de toda aquella gente y busca una cara conocida en el puerto. Ve a alguien, lo saluda. Y aquí se acaba la historia. No hay nada más.
Lo curioso de cuando tienes ocho años es que sólo recuerdas lo que tu cabecita quiere recordar y el resto desaparece.
¿Cómo le ha ido a tu imaginación? ¿Has conseguido meterte en la historia?
Pues ahora ya no hace falta que imagines más.
A mí no me hace falta usar mi imaginación. Me basta con cerrar los ojos y todo vuelve a cobrar vida. Un año tras otro… Como si fuera hoy.
Han pasado  40 años y veo imágenes, leo opiniones y hay una frase que me martillea el cerebro.
Putos moros. Yihadistas. Terroristas
¿Sabes? Te aseguro que en aquel barco, aquella noche, ni a mi padre ni a mi madre les importaba un pimiento si entre toda aquella gente que huyó con nosotros había un asesino. Había que irse como fuera y nos fuimos.  Y a todos esos miles de padres y madres que están huyendo con sus hijos también les importa un pimiento si el de la tienda de al lado es un asesino. Huyen y punto.
Y lo hubiéramos vuelto a hacer.
¿Y sabes otra cosa?
No nos fuimos porque quisiéramos hacerlo. Nos fuimos porque nos invadieron. Hubo quien se quedó y pagó con su vida o con el destierro.
Y no volvimos porque no se nos permitió. Mi padre lo intentó, pero lo que encontró fueron ruinas y minas.
Y si hoy, 2016 se pudiera volver, en las mismas condiciones en las que estábamos hace 40 años, yo volvería y dejaría atrás este primer mundo.  Y criaría allí a mi hija. Pero no se puede.

Yo no sé cual es la solución. Y desde luego aunque lo supiera no serviría de nada. Pero cerrar los ojos no la es.

1 comentario:

  1. Hola Vicky!
    El final me ha dejado sin aire. Mientras leía pensaba que esa historia era demasiado exagerada.
    Cuando veo a mi hija pienso que también nos podría pasar a nosotros. No vale con mirar hacia otro lado.
    Un abrazo muy grande.

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